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sábado, 24 de enero de 2026

"Cuerpo en fuga", de Marta Gómez de la Vega

El poemario Cuerpo en fuga (La Garúa 2026), de Marta Gómez de la Vega (Madrid, 1975), nos demuestra que el silencio no es una ausencia, sino una presencia cargada de sentido. Se convierte en el espacio donde la palabra tiembla antes de nacer y donde, a veces, decide no hacerlo, consciente de su insuficiencia para abarcar el dolor y la complejidad de la experiencia humana. La poesía surge así como un intento, como un gesto que se aproxima a lo indecible, sabiendo que nunca lo poseerá del todo:

"Me caen piedras por dentro / Ruedan por los contornos del hígado / se arrastran por el intestino / alejándose temporalmente / en un despiste de hueco          tras la vejiga / Gira despacio / para no rasgar / la frágil tela de las entrañas / que dan casa / a la fiera del insomnio / Muchas cosas en mis labios / pugnan         / por nombrarse"

El juego de sinestesias y prosopopeyas atraviesan los versos y construyen una percepción del mundo en la que los sentidos se entrecruzan: "veo el silencio", "quiero que cruja tu cara", "canta el bosque", "el silencio apaga las luces"... Esta fusión sensorial no es mero artificio estético, sino una vía para expresar una realidad interior fragmentada, donde las emociones desbordan los límites del lenguaje convencional:

"Salvaje canta el bosque al corazón pájaro / corazón bosque canta al pájaro salvaje / pájaro salvaje canta a la vida       corazón busca / se nos escapa la vida sin cantar / Lo salvaje aguarda"

A ello se suma la conciencia del paso del tiempo, que avanza como una corriente silenciosa, erosionando recuerdos, cuerpos y certezas. El tiempo deja su huella en forma de ausencias: seres, instantes, palabras que ya no están y cuya falta se vuelve tan elocuente como una presencia. Estas ausencias dialogan con el silencio y lo densifican, convirtiéndolo en un territorio de memoria y de pérdida:

"Clavo las rodillas sin esperanza ni costumbre / Dios mío / qué soy sino una monja farsante / postrada en las raíces del manzano / En mis plegarias musito los amantes / palpita la flor entre mis piernas     emite un olor dulce / para que estas bocas tardías no sucumban / en un bosque de escarcha"

De manera sutil pero persistente, emerge también una mirada crítica hacia la realidad social. El dolor individual se reconoce como reflejo de un malestar colectivo: la soledad en las ciudades, la deshumanización, la pobreza, la injusticia callada que se normaliza. El silencio adquiere entonces una dimensión ética, pues no solo es interior, sino también impuesto, producto de aquello que no se dice o no se quiere escuchar:

"Amanece salvaje / aúllan las cejas / muere el reposo / al alba / duelo de asalariados / retumban / el sol no tiene compasión / arrasa el limbo en la hamaca / Desvelo / entre mis manos     la última sed"

Las palabras, en su aparente mediocridad, revelan su fracaso y, al mismo tiempo, su necesidad. Son insuficientes para nombrar el dolor, pero imprescindibles para insinuarlo. En esa tensión entre lo que se quiere decir y lo que no puede decirse, el poema encuentra su verdad: no en la claridad absoluta, sino en la grieta, en el balbuceo, en la sombra que deja el silencio.

En definitiva, Marta Gómez de la Vega propone una reflexión sobre la condición humana, atravesada por el tiempo, la herida, la ausencia y la conciencia social, y por la imposibilidad de expresarlas plenamente. La poesía se alza entonces como un acto de resistencia frente al vacío y frente a la indiferencia, un murmullo que, aun sabiendo que no alcanza, insiste en nombrar la realidad profunda del ser y de su mundo. 


Fernando Mañogil Martínez 

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