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viernes, 2 de enero de 2026

"Seronda", de Ana Pérez Cañamares

Seronda (La garúa, 2025), de Ana Pérez Cañamares, es, para mí, el mejor poemario de 2025, se articula como una indagación ética y existencial en un presente atravesado por la violencia, la precarización de la vida y el daño explícito que nuestra coyuntura imprime tanto al lenguaje como al mundo:

"Vives sorda en mitad de una tertulia: / de un roble a otro roble / vuelan bandadas de verbos / sin ningún adjetivo: / los árboles no juzgan ni etiquetan / dicen: <<damos motivos, no cortadas/ no hay recompensa, todo será obsequio / tu mente inventó puertas para el campo / arráncalas / y cruza el bosque / no hay nada que entender si no respiras: / escúchanos hablar con tus pulmones>>."

La autora escribe desde la intemperie: busca un lugar habitable —simbólico y moral— frente a una arquitectura del consumo y a una globalización profundamente desigualitaria que erosionan los vínculos, vacían las palabras y normalizan la devastación. En este sentido, el libro no solo nombra el conflicto, sino que lo problematiza desde una conciencia crítica que entiende la poesía como espacio de resistencia y de responsabilidad:

"No basta el terremoto del espanto / no es suficiente el lodo en las cunetas / no ensalzamos al niño, / su cuerda a la cintura / ni al animal cercado por la vergüenza / si enfocáramos la llaga en el mapa / si agacháramos la testa ante la escara y la mugre / si no hubiera microscopio o satélite / con que ocultar la pávida mirada / porque estamos aquí, todos, visibles / con nuestros grilletes camuflados de collar / expuestos a la luz como alacranes / mientras acumulamos agua y sed / excretamos los pinchos que nos blindan / y que de los abrazos nos alejan."

Paradójicamente, es la naturaleza la que emerge como materia significante y semántica para la construcción de los poemas. Lejos de un mero escapismo o de una idealización ingenua, el mundo natural funciona como un campo de fuerzas donde se ensaya una posible reconciliación entre el sujeto y la realidad:

"En todo lugar busca los balcones / encuéntrale la hamaca a la mañana / haz huelga en cada valle y cada senda / acomódate en márgenes y orillas / porque lo Otro está en la ancha perspectiva y el acontecimiento no es el viaje / sino el terco motor del insecto / el árbol y su trama sanguínea / el azul subrayado por el pájaro / sálvate en universos que se inventan / en las sutiles artes del ahora / en el cine que filma tu mirada."

Ana Pérez Cañamares propone una simbiosis intensa y fértil: el yo poético se diluye y se reconfigura en contacto con una realidad idílica, eufórica y desbordante, en la que la efusividad de la vida se impone como contrapeso al desgaste contemporáneo.
Así, el poemario despliega una tensión productiva entre denuncia y celebración. Si por un lado el lenguaje acusa las fracturas del presente, por otro se abre a una poética de la plenitud, donde la experiencia sensorial, el ritmo orgánico y la imaginería natural restituyen una confianza —frágil pero insistente— en la posibilidad de sentido. La naturaleza no es aquí un refugio, sino un principio activo que reconfigura la mirada y permite imaginar otras formas de estar en el mundo, más atentas, más justas, más vivas:

"Si hay continentes en el charco helado / si el liquen es la selva en miniatura / si el gato juega como un travieso Buda / si imparte el cuervo lecciones de física / si también por las vistas se elige el lugar del nido / si en los brazos del aire sestean los vencejos / si ilumina la luna los pasillos del bosque / si al elefante muerto le hacen un velatorio / (si hay saber y empatía / más allá del lenguaje / gozo, deleite, placer / de la mano de lo útil): / aquel que piensa que lo sabe todo / mejor dé media vuelta / y se enfrente a su sombra."

En definitiva, Ana me ha dejado, con su Seronda, con tal sensación de vacío al acabarlo que aún sigo releyéndolo. 

Fernando Mañogil Martínez. 

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