Abrazar el vuelo (La Garúa, 2026), de mi querida Ada Soriano (Orihuela, 1963), se levanta como un territorio íntimo donde el dolor no solo se enuncia, sino que se habita. A través de una voz lírica contenida pero profundamente honesta, el libro recorre el duelo por la muerte del padre y del hermano, sin caer en el sentimentalismo fácil, apostando más bien por una exploración pausada de la ausencia y sus múltiples resonancias:
<<Ha partido perdiéndose / entre sombras. / La mirada inmóvil / y el cuerpo combado. / [...] Ha partido al amanecer, / cuando la hija de la mañana / ha bostezado con un rubor de rosas / y un temblor de pájaros. / [...] ¿Cómo elevarse ahora / si el viento no perdona cuanto toca?>>
("Partida")
La pérdida aparece, en un primer momento, como una herida abierta: la casa vacía, los gestos interrumpidos, los silencios que pesan más que cualquier palabra. La ausencia no es solo física, sino también simbólica; desarticula el lenguaje y obliga al yo poético a reconstruir su mundo desde los restos. En este sentido, el poemario logra transmitir esa sensación de extrañamiento que acompaña al duelo, donde lo cotidiano se vuelve, en cierto modo, intangible:
<<Tu silencio era reverencial, / de tan inmenso. / Sentado en tu mecedora / volabas en completo mutismo. / La mirada absorta / y el alma en otra parte / porque yo quedaba sin saber / lo que leías cuando callabas. / [...] Las palabras oclusivas / me desbordaban, / anulaban mi pasión adolescente, / inquietaban mi corazón adolescente. / Esas, / las que no decías / por no pronunciarte, / por escaparte de mí, / por escaparte de ti...
("Habitual")
Sin embargo, conforme avanza la obra, el tono evoluciona hacia una suerte de aceptación serena, nunca total, pero sí suficiente para permitir la convivencia con el recuerdo. La memoria se convierte entonces en un espacio de resistencia: recordar no es solo evocar, sino también mantener vivos a quienes ya no están. Hay en estos versos de Ada una delicada tensión entre el deseo de aferrarse y la necesidad de soltar:
<<Que el viento sople para vosotros / y una arremetida de sol relumbre / en los contenedores del sueño. / [...] Que la desolación de los desiertos / no acalle el clamor de la piedra, / esa autoridad sin refugio, / y una migración de libélulas ilumine / el nacimiento de una bruma matinal. / [...] Que un claro de luna se pose / delicadamente en mi rostro, / delicadamente en mis ojos, y sostenga que importa la tristeza / tras el duelo / porque el duelo no es un trámite / sino un rememorar / a los perdidos en la senda.
("Epílogo")
Las reminiscencias a Rainer María Rilke se perciben en la manera en que el dolor se transforma en materia poética, en esa invitación a “vivir las preguntas” y a aceptar la muerte como parte constitutiva de la existencia (<<Querido Rainer: / te escribo hoy / remontándome a un presente / que no es mío y en mí vive / porque algo sé de tu silencio / y tu dicción...>>) . Por otro lado, los ecos de Emily Dickinson, entre otras mujeres, emergen en la concisión expresiva y en la capacidad de sugerir lo inefable a través de imágenes aparentemente sencillas pero cargadas de profundidad (<<El sol imponente, Emily, / que acude en mis horas bajas / y arde mis ojos / durante las noches de insomnio. / ¿Tú eres nadie también?>>).
En conjunto, Abrazar el vuelo no ofrece respuestas cerradas ni consuelos inmediatos. Su valor reside precisamente en acompañar al lector en ese proceso incierto que es el duelo, mostrando que la pérdida, aunque irreparable, puede transformarse en una forma distinta de presencia: más tenue, más frágil, pero también más persistente.
Fernando Mañogil Martínez.
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