El nuevo poemario de Francisco José Cruz (Alcalá del Río, Sevilla, 1962) lleva por título De esta orilla a la otra. Título muy sugerente pues es un trasunto de la vida del poeta pasando por la infancia, la juventud, la adultez y la madurez sucediéndose en estas páginas un ritmo semejante al de las mareas, con sus avances y retrocesos, sus plenitudes y sus pérdidas, hasta componer una cartografía íntima de la existencia. El libro se convierte así en un viaje por el tiempo vivido, pero también por ese territorio incierto en el que la memoria transforma los acontecimientos en materia poética:
<<Lámparas submarinas / de luz celeste / flotan y brillan / mientras se mueven / en una líquida / soledad silente [...] / Lámparas submarinas / de luz celeste / etéreas brillan / mientras se mueven / dentro de mí cautivas / ya para siempre.>>(Fragmento de "Canción de las medusas")
La infancia comparece como el primer sedimento de la identidad, el espacio originario donde se establecen las coordenadas afectivas desde las que el sujeto aprenderá a mirar el mundo. En ella permanecen las primeras revelaciones, los asombros inaugurales y aquellas experiencias que, aun cuando el tiempo las recubra de olvido, continúan ejerciendo una influencia silenciosa sobre quien llegaremos a ser:
<<¡Ay, los perros nocturnos de mi infancia / que vigilan nuestro sueño! / Los oigo aún vagar por los pasillos inacabables del colegio / hasta acercarse despacio a mi cama / dando por el cuarto un rodeo. / [...] Perros afantasmados de mi infancia / que oí ladrar solo de lejos, / cuando iban y venían allá, afuera, / por los oscuros patios desiertos.>>
(Fragmento de "La ronda de los perros")
La juventud, por su parte, introduce el vértigo de las posibilidades, el descubrimiento del amor, la intensidad de los deseos y esa confianza, no siempre consciente, en que la vida dispone de un horizonte inagotable:
<<En los años que pasamos de novios, / como no estábamos juntos a diario, / sino solo los fines de semana, / tú me grababas libros de poemas / en cintas de cassette, hoy ya inservibles, / para que los oyera yo en mi casa. / Echándote de menos hasta el punto / de perderme el sentido de los versos / al escuchar tu voz, rebobinaba / mil veces esas cintas con cuidado / hacia atrás y adelante por sentirte / al menos, amor mío, en la distancia.>>
(Fragmento de "En cintas de cassette")
En este tránsito, el amor adquiere una dimensión que trasciende la experiencia sentimental para convertirse en una de las formas fundamentales de conocimiento. Amar significa descubrir al otro, pero también exponerse a la fragilidad, aceptar la incertidumbre y comprender que toda relación humana se encuentra sometida al devenir. El amor participa, por tanto, de la misma naturaleza que la poesía: ambos intentan preservar aquello que, por definición, está condenado a cambiar. De ahí que los recuerdos amorosos no aparezcan únicamente como evocaciones de una felicidad pasada, sino también como testimonios de lo que permanece cuando la experiencia ha concluido. En la escritura, lo vivido encuentra una segunda existencia, distinta de la original, pero no por ello menos verdadera:
<<No llames a la puerta, / que la niña que fuiste no te aguarda / entre estos viejos muros / como dócil fantasma, sino dentro de ti cuando se asoma / a tus ojos con lástima. / No llames a la puerta, / quédate para siempre con las ganas / de saber quiénes viven / y cómo está la casa / donde viniste al mundo y te criaste / para que yo te amara. / No llames, amor mío, / sigamos calle abajo nuestra marcha.>>
(Fragmento de "No llames a la puerta")
La conciencia de la muerte introduce, asimismo, una perspectiva decisiva en esta exploración. No se trata exclusivamente de asumir la desaparición de quienes formaron parte de nuestra historia, sino de reconocer que la propia vida se construye bajo el signo de la finitud. La madurez consiste, en buena medida, en aprender a mirar de frente esa evidencia sin renunciar por ello a la capacidad de asombro. El tiempo deja entonces de ser una abstracción para adquirir un rostro concreto: el de las personas que ya no están, el de los lugares transformados, el de las decisiones que no admiten regreso y el de nuestra propia identidad, que cambia mientras intenta reconocerse en las sucesivas versiones de sí misma:
<<Entro en el Más Allá, / que está en esta capilla franciscana, / cuyas altas paredes, / hasta sus mismos bordes, / se recubren de huesos antiquísimos. / [...] Atónito deambulo / de un lado para otro, contemplando / cráneos, tibias y fémures / en tan abigarrada / exhibición de macabra belleza. / Fijados con cemento, / estos miles de huesos son el tacto / compactas piedras frías / que entre todas levantan / este muro final contra el vacío.>>
(Fragmento de "Capilla de los huesos")
Especial relevancia adquieren las reflexiones sobre la poesía y la literatura, que atraviesan el libro no como un asunto ajeno a la experiencia, sino como una prolongación natural de ella. Escribir y leer forman parte de la biografía del sujeto; constituyen maneras de interpretar el mundo, de nombrar las emociones y de encontrar compañía en las palabras de otros. La literatura aparece así como un espacio de reconocimiento donde la experiencia individual se abre a una dimensión colectiva. En los libros leídos, en los versos que acompañaron determinadas etapas y en las palabras que finalmente se convierten en escritura propia se descubre una genealogía espiritual: somos también aquello que hemos leído, las voces que nos han interpelado y las preguntas que otros formularon antes de que supiéramos hacerlas nuestras:
<<Si supieras que en este siglo mío, / tan lejos ya del tuyo, Garcilaso, / los poetas no invocan a los dioses / ni escuchan el dictado de las musas... / Y menos todavía se imaginan / a las hermosas ninfas habitando / sus secretas y acuáticas moradas / en columnas de vidrio sostenidas.>>
(Fragmento de "Versos sueltos para Garcilaso")
La poesía adquiere, en consecuencia, una función doble. Por una parte, es el instrumento con el que se reconstruye el pasado; por otra, constituye el medio a través del cual ese pasado alcanza un significado que acaso no poseía cuando fue vivido. La memoria no reproduce fielmente los acontecimientos, sino que los selecciona, los modifica y los ilumina desde el presente. El poema nace precisamente de esa distancia entre lo sucedido y lo recordado, entre la experiencia inmediata y la conciencia posterior que intenta comprenderla. Escribir sobre la propia vida implica, por ello, descubrir que recordar también es interpretar.
La estructura emocional del poemario responde a ese movimiento de las mareas que parece gobernar la existencia. Hay momentos de avance, de plenitud y de afirmación, pero también retrocesos hacia territorios aparentemente abandonados, porque ninguna etapa vital desaparece por completo cuando comienza la siguiente. La infancia continúa habitando al adulto; la juventud sobrevive en determinados gestos, deseos y nostalgias; la madurez contempla las edades anteriores con una mezcla de ternura, extrañeza y lucidez. Francisco José Cruz se reconoce, de este modo, como una suma de tiempos superpuestos, alguien que vive en el presente mientras conversa continuamente con las distintas personas que ha sido.
Esta concepción del tiempo permite que el libro trascienda el carácter circunstancial de la confesión. Aunque su materia proceda de una experiencia individual, su verdadero alcance reside en la capacidad de convertirla en una experiencia compartida.
Al final del recorrido, De esta orilla a la otra se revela como una biografía vital poetizada, una reconstrucción de la existencia en la que los acontecimientos importan tanto por lo que fueron como por la huella que dejaron. No estamos ante una mera cronología sentimental, sino ante el intento de comprender una vida desde la perspectiva que proporciona el tiempo transcurrido. La madurez no clausura el viaje ni resuelve todas sus incógnitas; ofrece, más bien, una mirada capaz de aceptar las contradicciones, las pérdidas y las zonas oscuras que acompañan cualquier trayectoria humana.