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sábado, 25 de julio de 2026

"Galería de intimidades", de Christian Nieto Tavira

Hay poemarios que se leen como una sucesión de textos independientes y otros que exigen ser recorridos como un espacio habitable. Galería de intimidades (Averso, 2026), de Christian Nieto Tavira (Murcia, 1998), pertenece a la segunda categoría. Dividido en tres secciones —Galería exterior. Plano general, Galería interior. Planta baja. Plano americano y Galería interior. Planta alta. Contrapicado—, el autor construye un itinerario emocional en el que la mirada, el arte y la memoria se convierten en los ejes de una reflexión íntima sobre la existencia:

<<Una voz silenciosa resuena en mi cabeza, / como un tambor que salpica sangre / si es golpeado. / Esa voz me pide gritar / y una vez que lo hago, / me deja solo y moribundo una vez más. / Cantándole al amor. / Rogando a la esperanza.>>
("Filmoteca de ausencias 02: A silent voice" (Naoko Yamada, 2016)

Ya desde los títulos, el volumen establece un fecundo diálogo entre la pintura, la arquitectura y el lenguaje cinematográfico. La disposición de las tres partes no es arbitraria: propone un desplazamiento que va de lo exterior a lo más profundo, de la contemplación del mundo al descenso o al ascenso, hacia las estancias más privadas del yo. Cada cambio de perspectiva implica también un cambio en la intensidad emocional, como si el lector fuera modificando el ángulo desde el que observa una misma vida:

<<Puedo ser el mentiroso que se mira al espejo / como puedo ser la niña que se pone la falda / como puedo ser el abuelo / o el perro / puedo ser de humo / y oler a lavanda y a cuero animal / puedo ser el reo / y la coja que sale de la fiesta / puedo ser / quien tú quieras / cuando me nombres.>>
("Filmoteca de ausencias 07: Persona" (Ingmar Bergman, 1966)

Los poemas abordan asuntos universales: la nostalgia como forma de habitar el tiempo, el amor y el desamor como experiencias transformadoras, la soledad, la pérdida, la enfermedad o el peso de la memoria. Sin embargo, estos temas nunca aparecen revestidos de grandilocuencia. El poeta opta por un lenguaje limpio, sobrio y cuidadosamente elaborado, donde cada imagen encuentra su lugar con naturalidad. Esa aparente sencillez es, precisamente, una de las mayores virtudes del libro: detrás de cada verso se percibe un trabajo de depuración que permite que la emoción llegue sin artificios:

<<Sostengo tu nombre antes de que te vayas. / Lo que te queda / es, / o fue, / un cuerpo.>>
("Muerte de la Virgen" (Caravaggio, 1606)

Uno de los aspectos más originales del poemario de Christian es el diálogo constante con la historia del arte. Pintores como El Greco, Toulouse-Lautrec, Francis Bacon o Caravaggio, entre tantos otros, no funcionan como simples referencias culturales, sino como interlocutores del poeta. Sus cuadros se convierten en espejos donde el sujeto lírico proyecta sus propias inquietudes, sus pérdidas y sus deseos. Del mismo modo, el cine, con la presencia de directores como Pier Paolo Pasolini, Paolo Sorrentino o Isabel Coixet, aporta otra forma de mirar la realidad. El encuadre, la luz, el movimiento o la composición visual enriquecen una escritura que entiende el poema como una imagen detenida capaz de contener una historia:

<<Mi padre no está. / Mi padre se fue y nos dejó aquí / en una casa de soledades. / Mi padre me habla a veces por teléfono / y me pide perdón por su ausencia. / Mi padre no está / y aunque él insista / no puedo ni sé reconocerme en él. / Niño, por lo que más quieras, / jamás cargues con los pecados / de tu padre.>>
("Filmoteca de ausencias 11: Edipo rey" (Pier Paolo Pasolini, 1967)

En este sentido, Galería de intimidades propone una sugerente reflexión sobre la creación artística. La pintura y el cine no son únicamente objetos de admiración, sino espacios de refugio. Frente a la incertidumbre, el deterioro o la ausencia, el arte aparece como un lugar donde la experiencia encuentra sentido y puede ser compartida. Pero el poemario evita cualquier idealización: las obras de arte también iluminan nuestras grietas y revelan aquello que preferiríamos ocultar. Son refugio y espejo al mismo tiempo, consuelo y evidencia de nuestra fragilidad.
La estructura tripartita contribuye decisivamente a la coherencia del conjunto. Cada sección posee un tono propio, aunque todas participan de una misma atmósfera de introspección. El recorrido invita al lector a atravesar distintas estancias emocionales, como quien visita una galería donde cada cuadro añade un matiz nuevo a una misma búsqueda: comprender cómo la memoria, el amor y la pérdida modelan nuestra identidad.
En definitiva, Nieto Tavira ofrece una propuesta sólida y profundamente humana. Su capacidad para integrar distintas disciplinas artísticas dentro de una voz poética auténtica, unida a un lenguaje preciso y accesible, convierte la lectura en una experiencia de contemplación y reconocimiento. Es un libro que confirma que el arte no elimina el dolor, pero sí puede transformarlo en conocimiento, belleza y memoria compartida. Ahí reside, quizá, su mayor acierto: recordarnos que, incluso en los momentos de mayor vulnerabilidad, la creación sigue siendo una forma de resistencia y de esperanza.

Fernando Mañogil Martínez. 

 

domingo, 12 de julio de 2026

'En la espesura de lo invisible', de Javier Puig

La espesura de lo invisible (Ars Poética, 2026), de mi querido amigo Javier Puig (Barcelona, 1958), se erige como una celebración del asombro ante la realidad y de la capacidad de la palabra poética para iluminar aquello que, aun estando frente a nosotros, permanece envuelto en misterio. A través de esa escritura de gran sensibilidad a la que nos tiene acostumbrados, Javier Puig convierte la contemplación del mundo en una experiencia de deslumbramiento: cada imagen, cada instante y cada emoción parecen revelar una dimensión secreta de la existencia.

Uno de los aspectos más destacados del poemario es la forma en que presenta el paso del tiempo. No lo muestra como algo brusco, sino como una corriente silenciosa que transforma personas, lugares y emociones. Los recuerdos de la infancia, los sueños y las experiencias vividas se mezclan con la conciencia de que todo es pasajero:

<<Ya no soy el que fui, / aunque en este que ahora escribe / reconozca el rescoldo / de alguna perplejidad antigua, / los restos de una gastada querencia.>> (Fragmento de "Ya no soy el que fui")

La muerte también está presente, pero no como una amenaza constante, sino como una realidad inevitable que da sentido a la reflexión del poeta.
Las composiciones exploran la relación entre mirada y conocimiento, sugiriendo que la poesía nace precisamente de esa conmoción íntima que produce el descubrimiento de la belleza en lo cotidiano. El misterio no aparece aquí como oscuridad impenetrable, sino como una invitación a detenerse, observar y escuchar con mayor hondura. En ese sentido, la escritura poética funciona como una forma de revelación y de búsqueda espiritual:

<<Este que ahora soy, / ¿lo seré siempre? / Todo está por concluir / en el cauto recorrido de mi sed. / Somos el sucesivo instante / que nos invade, / el que ocupamos extrañados, tan lejos de la certidumbre, / mientras soñamos / con un azar amistoso / que secunde nuestra espera. ("Futuro")

Uno de los mayores aciertos del libro reside en reivindicar la pertinencia de la belleza en tiempos marcados por la prisa y el desencanto. La belleza, lejos de ser un mero adorno estético, se presenta como una fuerza transformadora que amplía nuestra percepción del mundo y nos reconcilia con lo esencial. Junto al amor, otro de los ejes fundamentales del poemario, la poesía abre un espacio de plenitud donde el ser humano puede trascender sus límites y rozar una cierta idea de eternidad:

<<Miro a mi nieta / la reconozco aún rezagada / en la burbuja de su infancia, / como si levitase dentro / de una inconsciencia fugitiva. / Me abrazo a su imagen vivísima / y nuestra íntima respiración / parece acordarse en vibraciones / que nos integran. / Así quiero seguirla por los días, / enlazados en un sentir entrañable.>> ("La burbuja del tiempo").

Con un lenguaje cuidado, evocador y cargado de musicalidad, este poemario nos invita a mirar de nuevo la realidad, a dejarnos sorprender por ella y a comprender que quizá la verdadera permanencia habita en esos instantes de belleza y amor que la poesía logra preservar.

Fernando Mañogil Martínez. 

lunes, 29 de junio de 2026

"El hombre que fue Jueves", de G. K. Chesterton

 Pocas novelas consiguen el difícil equilibrio entre el entretenimiento y la reflexión intelectual con la naturalidad de El hombre que fue Jueves. Publicada en 1908 y subtitulada significativamente Pesadilla, la obra de G. K. Chesterton trasciende los límites de la novela detectivesca para convertirse en una alegoría filosófica sobre la identidad, el bien y el mal, la apariencia y la verdad. Lejos de ser un simple relato de intriga, la novela propone una profunda meditación sobre el sentido del orden en un mundo que parece dominado por el caos.

Desde las primeras páginas, el lector se encuentra inmerso en un universo donde las certezas son continuamente puestas en duda. El encuentro entre Gabriel Syme y el poeta anarquista Lucian Gregory, planteado inicialmente como una disputa estética acerca de la naturaleza de la poesía, termina revelándose como el punto de partida de un complejo enfrentamiento ideológico. Chesterton utiliza ese diálogo inicial para presentar uno de los ejes fundamentales de toda la novela: la oposición entre el orden entendido como principio creador y la anarquía concebida como negación absoluta de toda estructura racional. El debate entre ambos personajes no constituye un simple intercambio de opiniones, sino la formulación literaria de un conflicto filosófico que recorrerá toda la obra.

Uno de los aspectos más admirables de la novela es la extraordinaria habilidad de Chesterton para construir una narración donde cada acontecimiento modifica el significado del anterior. La organización secreta cuyos miembros reciben el nombre de los días de la semana, las continuas revelaciones de identidades ocultas y la constante inversión de los papeles entre perseguidores y perseguidos convierten la lectura en un ejercicio permanente de reinterpretación. El misterio no reside únicamente en descubrir quién es cada personaje, sino en comprender qué representa dentro de una arquitectura simbólica mucho más amplia.

En este sentido, El hombre que fue Jueves no debe entenderse únicamente como una novela policíaca. La investigación funciona como un recurso narrativo para conducir al lector hacia interrogantes de naturaleza metafísica. El propio prólogo de Alfonso Reyes y Felipe Benítez Reyes define acertadamente la obra como una "novela policiaco-metafísica", donde la persecución deja de ser únicamente física para convertirse en la representación de una búsqueda intelectual y espiritual.

Desde un punto de vista literario, uno de los mayores logros de Chesterton reside en su dominio de la paradoja. Toda la novela está construida sobre afirmaciones que parecen contradictorias y que, sin embargo, terminan revelando una verdad más profunda. La célebre defensa que hace Gabriel Syme del orden frente al caos, llegando incluso a considerar más poético el funcionamiento preciso de un ferrocarril que el desorden romántico exaltado por Gregory, sintetiza perfectamente la estética chestertoniana: invertir los lugares comunes para obligar al lector a reconsiderar aquello que daba por evidente.

Este gusto por la inversión conceptual se refleja también en el lenguaje. Chesterton escribe con un estilo exuberante, rico en imágenes, comparaciones e hipérboles, pero siempre al servicio de una idea. Cada descripción posee un evidente valor simbólico: los crepúsculos rojizos, los jardines iluminados, los pasadizos subterráneos o las salas repletas de armas dejan de ser simples escenarios para convertirse en manifestaciones visibles del conflicto entre la luz y la oscuridad, entre la realidad y la apariencia. La traducción de Alfonso Reyes conserva con notable fidelidad esa riqueza expresiva mediante un castellano elegante y de gran fuerza retórica, capaz de reproducir el ritmo argumentativo y la ironía del original.

Otro de los grandes aciertos de la novela es la construcción de Gabriel Syme como protagonista. Lejos del detective clásico, Syme se caracteriza por su inteligencia dialéctica y por una serenidad casi imperturbable frente a situaciones cada vez más absurdas. Su verdadera arma no es la fuerza ni la violencia, sino la capacidad de interpretar los acontecimientos y descubrir el significado oculto de las acciones humanas. Esta dimensión intelectual del personaje convierte la investigación en un ejercicio de conocimiento antes que en una simple persecución criminal.

A medida que avanza la narración, el lector comprende que la novela nunca pretendió resolver un crimen ni desmantelar una conspiración política. Lo que Chesterton pone realmente en escena es la dificultad de comprender el orden profundo de la realidad. Las máscaras, los disfraces y las falsas identidades terminan sugiriendo que el mundo es mucho más complejo de lo que permiten percibir las apariencias inmediatas. La incertidumbre se convierte así en el verdadero motor de la obra.

Precisamente por ello, el desenlace ha generado interpretaciones muy diversas desde su publicación. Algunos lectores lo consideran una alegoría religiosa; otros, una reflexión filosófica sobre la providencia; otros, incluso, una sátira política llevada hasta sus últimas consecuencias. La grandeza de la novela reside en que ninguna de estas interpretaciones excluye a las demás. Chesterton construye un texto deliberadamente abierto, donde el simbolismo nunca anula el placer de la aventura.

Más de un siglo después de su publicación, El hombre que fue Jueves conserva intacta su capacidad de sorprender. Su mezcla de novela de espionaje, relato detectivesco, sátira social y ensayo filosófico sigue resultando extraordinariamente original. No es una lectura sencilla, pues exige un lector dispuesto a aceptar que bajo cada escena de acción se oculta una reflexión y que tras cada paradoja existe una verdad que sólo puede alcanzarse mediante la interpretación.

Para mí, El hombre que fue Jueves constituye una de las obras más singulares de la literatura inglesa del siglo XX. Chesterton demuestra que el género policíaco puede convertirse en un vehículo para explorar las grandes cuestiones filosóficas sin renunciar al humor, a la ironía ni al entretenimiento. Esta lectura me confirma que Chesterton es uno de los grandes de la literatura, pues la verdadera resolución del misterio no consiste en descubrir quién era el culpable, sino en comprender que el mayor enigma siempre se encuentra en la propia inoperancia de la realidad.

Fernando Mañogil Martínez. 

sábado, 2 de mayo de 2026

'Insight', de Ana Sala Galindo

Insight (Ed. Olé libros, 2025), con prólogo de mi querida y admirada Cleofé Campuzano, es el primer poemario de Ana Sala Galindo (Vila-real, 1978), este se erige como un ejercicio valiente de introspección y catarsis emocional, en el que Ana se adentra sin concesiones en las zonas más sombrías de su propia experiencia, como nos adelanta en su "Meprologo":

<<A falta de intelectualidad y florituras / aparecen sin clasismo y clasicismo / unas pocas metáforas y símbolos / que componen un relato simple pero profundo. / Surgen las palabras del impulso / claras, directas y sin remilgos / de vivencias que impactan en los abismos / en estas letras que ahora te confío.>>

A través de un recorrido íntimo, Sala Galindo explora las heridas que la han marcado, no desde la autocompasión, sino desde una voluntad firme de comprensión y superación. Ese viaje hacia el interior no solo revela el origen del dolor, sino que también actúa como motor de reconstrucción personal, dando lugar a una identidad más consciente y liberada:

<<Una nueva cara se ofrece / para hacer sentir lo primigenio. / Resurge lo que creía perdido / y el vacío que pensé merecido, ahora va lleno. / Pero es demasiado para las reglas de alrededor / y este amor decide no saltar hasta lo eterno.>>

Uno de los ejes más destacados de la obra es su marcada carga sensual, entendida no únicamente en términos físicos, sino como una afirmación plena del cuerpo y del deseo propios. Esta sensualidad se entrelaza con una reivindicación clara de la mujer como sujeto autónomo, que rompe con estructuras opresivas y se desprende del peso simbólico del dominio masculino. La poeta articula así un discurso de emancipación que, lejos de ser panfletario, se sostiene en la vivencia personal y en la honestidad emocional:

<<Me dijeron que debía complacer, que no me podía enfadar, / que calladita estaba más guapa y que no se hable más. / Qué suerte ser consciente de este embuste radical / que me ataba a un presente que no sabía ni cómo aliviar. / Y aceptar que no soy como quieres, es cierto, me ha llevado una eternidad. / Pero ahora no me importa lo que piensas cuando miras mi soledad, / esa que me llena de pura existencia y genuina felicidad.>>

En cuanto al estilo, nos encontramos ante una autora neófita que, sin embargo, muestra una intuición poética notable. Sus versos oscilan entre el versolibrismo y la rima, con una presencia destacada del pareado, lo que aporta cierto ritmo interno y musicalidad sin caer en rigideces formales. Esta combinación revela una búsqueda de equilibrio entre libertad expresiva y estructura, acorde con el propio proceso vital que describe: un tránsito entre el caos emocional y la reconstrucción de un orden propio.

En definitiva, el poemario destaca por su autenticidad y por la fuerza de una voz que, aunque en proceso de formación, ya apunta hacia una sensibilidad poética sólida y comprometida con la exploración del yo y la afirmación de la identidad femenina. 


Fernando Mañogil Martínez. 

sábado, 25 de abril de 2026

'Intento de un amor prohibido', de Melany Belijar

Intento de un amor prohibido (Talón de Aquiles, 2026), de mi querida Melany Belijar (Torrevieja, 2004), se presenta como una exploración íntima y dolorosamente honesta del amor entre dos mujeres en un contexto que lo niega, lo vigila y lo castiga. A través de una voz poética cargada de sensibilidad, la obra construye un relato fragmentado pero profundamente coherente sobre el deseo, la represión y la resistencia emocional.
Uno de los mayores aciertos del libro es su capacidad para convertir lo personal en algo universal. Aunque la historia se centra en una relación concreta, el conflicto que atraviesa, esa imposibilidad de amar libremente, debido a los prejuicios sociales de terceras personas, resuena más allá de la experiencia específica del amor:

<<El prestigio te define, / extraña mujer, / la incógnita brota ante / los mortales términos / esputados hacia quien desconoces, / los prejuicios han calado / y tu perfecta mirada arde / al percibir mi nombre...>>

Melany consigue transmitir la angustia de lo prohibido sin caer en el dramatismo excesivo; más bien, opta por una contención que hace que cada imagen, cada metáfora, pese más.
El lenguaje es delicado pero incisivo reforzando la sensación de asfixia emocional:

<<dame tiempo, / secaré las lágrimas y / coseré mi alma para seguir cristalizando / con la tristeza y el suplicio todo el proceso hasta la meta.>>

("Entiéndeme")

En contraste, los momentos en los que el amor logra expresarse, aunque sea de forma clandestina, están llenos de luz, naturaleza y movimiento, como si el propio lenguaje intentara escapar de las restricciones que impone el mundo exterior:

<<Mis delgados dedos recorren / sutilmente la silueta de tu torso, / pálido y frágil, / trazando, con ansia, / la unión esperada, / has dejado caer el miedo / y tu firme figura arropa / fielmente la perpetua agonía / que vislumbra el incierto porvenir...>>

Especialmente potente es la construcción del conflicto interno de la mujer a la que se le prohíbe vivir ese amor. Su voz aparece marcada por la culpa inculcada, el miedo al rechazo y una constante lucha entre lo que siente y lo que le han enseñado que “debe” sentir. Esta tensión no solo impulsa el desarrollo del poemario, sino que también invita a reflexionar sobre el peso de las normas sociales en la construcción de la identidad:

<<Espérame, / me susurrabas entre agonía y llanto, / espérame a mí, / quiero que estés para cuando esté yo preparada, / me suplicabas insolente...>>

Sin embargo, Intento de un amor prohibido no se limita a la denuncia. También hay espacio para la ternura, la complicidad y una forma de resistencia silenciosa que se manifiesta en pequeños gestos: miradas sostenidas, palabras susurradas, recuerdos que se niegan a desaparecer. En ese equilibrio entre dolor y belleza radica gran parte de su fuerza.

Se trata pues de una obra que no busca ofrecer respuestas fáciles ni finales complacientes. Más bien, deja al lector con una sensación de incomodidad necesaria, obligándolo a confrontar las estructuras sociales que aún hoy condicionan la libertad de amar. Es un poemario valiente, íntimo y profundamente humano, en el que Melany acaba tomando la decisión de dejar ir para dejar de sufrir:

<<Las circunstancias / me han obligado a dejarte ir, / mi corazón / se aferra a ti / a pesar del dolor / y la pena que conlleva amarte.>>

En definitiva, este poemario no solo refleja talento, sino también una sensibilidad profunda y una mirada única que deja huella. Saber que, de alguna manera, he formado parte de este proceso creativo es uno de los regalos más bonitos de mi profesión. Así que me atrevo a animar a mi antigua alumna, y futura colega de profesión, a que siga escribiendo, siga sintiendo y, sobre todo, siga siendo fiel a esa voz tan auténtica que ya empieza a abrirse camino. 

Esto es solo el comienzo.


Fernando Mañogil Martínez. 

domingo, 19 de abril de 2026

'Abrazar el vuelo', de Ada Soriano

Abrazar el vuelo (La Garúa, 2026), de mi querida Ada Soriano (Orihuela, 1963), se levanta como un territorio íntimo donde el dolor no solo se enuncia, sino que se habita. A través de una voz lírica contenida pero profundamente honesta, el libro recorre el duelo por la muerte del padre y del hermano, sin caer en el sentimentalismo fácil, apostando más bien por una exploración pausada de la ausencia y sus múltiples resonancias:

<<Ha partido perdiéndose / entre sombras. / La mirada inmóvil / y el cuerpo combado. / [...] Ha partido al amanecer, / cuando la hija de la mañana / ha bostezado con un rubor de rosas / y un temblor de pájaros. / [...] ¿Cómo elevarse ahora / si el viento no perdona cuanto toca?>>

("Partida")

La pérdida aparece, en un primer momento, como una herida abierta: la casa vacía, los gestos interrumpidos, los silencios que pesan más que cualquier palabra. La ausencia no es solo física, sino también simbólica; desarticula el lenguaje y obliga al yo poético a reconstruir su mundo desde los restos. En este sentido, el poemario logra transmitir esa sensación de extrañamiento que acompaña al duelo, donde lo cotidiano se vuelve, en cierto modo, intangible:

<<Tu silencio era reverencial, / de tan inmenso. / Sentado en tu mecedora / volabas en completo mutismo. / La mirada absorta / y el alma en otra parte / porque yo quedaba sin saber / lo que leías cuando callabas. / [...] Las palabras oclusivas / me desbordaban, / anulaban mi pasión adolescente, / inquietaban mi corazón adolescente. / Esas, / las que no decías / por no pronunciarte, / por escaparte de mí, / por escaparte de ti... 

("Habitual")

Sin embargo, conforme avanza la obra, el tono evoluciona hacia una suerte de aceptación serena, nunca total, pero sí suficiente para permitir la convivencia con el recuerdo. La memoria se convierte entonces en un espacio de resistencia: recordar no es solo evocar, sino también mantener vivos a quienes ya no están. Hay en estos versos de Ada una delicada tensión entre el deseo de aferrarse y la necesidad de soltar:

<<Que el viento sople para vosotros / y una arremetida de sol relumbre / en los contenedores del sueño. / [...] Que la desolación de los desiertos / no acalle el clamor de la piedra, / esa autoridad sin refugio, / y una migración de libélulas ilumine / el nacimiento de una bruma matinal. / [...] Que un claro de luna se pose / delicadamente en mi rostro, / delicadamente en mis ojos, y sostenga que importa la tristeza / tras el duelo / porque el duelo no es un trámite / sino un rememorar / a los perdidos en la senda.

("Epílogo")

Las reminiscencias a Rainer María Rilke se perciben en la manera en que el dolor se transforma en materia poética, en esa invitación a “vivir las preguntas” y a aceptar la muerte como parte constitutiva de la existencia (<<Querido Rainer: / te escribo hoy / remontándome a un presente / que no es mío y en mí vive / porque algo sé de tu silencio / y tu dicción...>>) . Por otro lado, los ecos de Emily Dickinson, entre otras mujeres, emergen en la concisión expresiva y en la capacidad de sugerir lo inefable a través de imágenes aparentemente sencillas pero cargadas de profundidad (<<El sol imponente, Emily, / que acude en mis horas bajas / y arde mis ojos / durante las noches de insomnio. / ¿Tú eres nadie también?>>).

En conjunto, Abrazar el vuelo no ofrece respuestas cerradas ni consuelos inmediatos. Su valor reside precisamente en acompañar al lector en ese proceso incierto que es el duelo, mostrando que la pérdida, aunque irreparable, puede transformarse en una forma distinta de presencia: más tenue, más frágil, pero también más persistente. 


Fernando Mañogil Martínez. 

martes, 7 de abril de 2026

'Mamíferos', de Virtudes Olvera

 Mamíferos, (Esdrújula ediciones, 2024) de la genial escritora gironí, Virtudes Olvera, es un libro de cuentos que respira desde lo cotidiano para insinuar lo extraño, lo áspero y, a veces, lo profundamente doloroso. Olvera construye relatos donde los vínculos humanos familiares, afectivos, o incluso instintivos, se examinan con una mirada que oscila entre la ternura y la incomodidad. El título no es casual: en estos cuentos, lo “mamífero” remite tanto a lo biológico como a lo emocional, a esa necesidad primaria de cuidado, pertenencia y contacto, que a menudo se ve frustrada o deformada.

Desde las primeras páginas, se percibe una prosa contenida, precisa, que evita el exceso retórico y apuesta por sugerir más que por explicar. Esta economía del lenguaje permite que lo inquietante emerja en los gestos mínimos y en situaciones aparentemente triviales que, poco a poco, revelan fisuras más profundas.
En Mamíferos he encontrado una resonancia clara con el universo de Juan Rulfo, especialmente en la manera en que los personajes habitan espacios marcados por la ausencia y el desarraigo. Aunque Olvera no se sitúa necesariamente en el México rural rulfiano, sí comparte esa sensación de vacío, de vidas atravesadas por lo no dicho. Como en El Llano en llamas, los personajes de Olvera parecen cargar con culpas difusas o pérdidas que no terminan de nombrarse. Sin embargo, donde Rulfo trabaja con lo espectral y lo fantasmagórico, Olvera se mantiene en una realidad más tangible, aunque igualmente inquietante.
Entrando en otras reminiscencias, como la de García Márquez, vemos ciertas diferencias, mientras en el colombiamo hay un desbordamiento imaginativo, en Olvera lo insólito aparece de forma más tenue, casi imperceptible. No hay realismo mágico en sentido estricto, pero sí una ligera distorsión de la realidad que provoca extrañeza.
En algunos cuentos, lo cotidiano se desliza hacia lo inquietante sin ruptura evidente, como si lo raro estuviera siempre latente. Esta cualidad recuerda a ciertos pasajes de García Márquez, aunque despojados de exuberancia: Olvera opta por una rareza silenciosa, más psicológica que mítica.
Hay también en Mamíferos una atención particular hacia los personajes vulnerables, aquellos que viven en los márgenes o que enfrentan condiciones adversas sin dramatismo excesivo ("Escombreras", por ejemplo). En este sentido, la obra he sentido que dialoga con Miguel Delibes.
Como en Delibes, Olvera observa sin juzgar. Sus cuentos no buscan moralizar, pero sí evidencian las tensiones sociales, la precariedad emocional y las pequeñas violencias cotidianas. La diferencia radica en el tono: mientras Delibes suele inclinarse hacia una cierta claridad moral, Virtudes deja más espacio a la ambigüedad.
Otro de los aspectos más potentes de Mamíferos es su exploración de la infancia y los vínculos familiares ("Gallinas", "Pañales"). Aquí resulta inevitable pensar en Ana María Matute, especialmente en la forma en que lo infantil puede ser terreno de ternura, pero también de crueldad y desconcierto (léase "El niño que murió contento").
Olvera capta esa ambivalencia con gran eficacia: sus niños no son idealizados, sino complejos, a veces desconcertantes. Como en Matute, hay una conciencia de que crecer implica atravesar zonas de sombra. Así lo hace Virtudes en "Los horizontes del suelo", quizás el relato más emotivo de todos, en el que explora el dolor de la guerra civil desde una perspectiva original y diferente, la de los huérfanos, los que quedan sobre la tierra alimentando a los que están enterrados bajo ella.
Finalmente, he encontrado un eco contemporáneo en la escritura de Virtudes Olvera en Carlos Castán. Ambos comparten una inclinación por lo íntimo y lo inquietante, ("Lamancha y Lanube") donde lo cotidiano se vuelve ligeramente perturbador.
En este punto, Mamíferos destaca por su capacidad de generar incomodidad sin recurrir a giros espectaculares. La tensión está en la atmósfera, en lo que se intuye más que en lo que ocurre. Estamos, pues, ante un libro sólido, coherente en su propuesta estética y emocional. Virtudes Olvera logra articular un conjunto de cuentos que dialogan entre sí a través de temas comunes: el cuerpo, el afecto, la vulnerabilidad... Sin caer en la repetición.
Si algo define a esta obra es su capacidad de impactar de forma directa en el lector, como lo has hecho en mí, ya soy uno más de tus incondicionales.

Fernando Mañogil Martínez.