<<Una nueva cara se ofrece / para hacer sentir lo primigenio. / Resurge lo que creía perdido / y el vacío que pensé merecido, ahora va lleno. / Pero es demasiado para las reglas de alrededor / y este amor decide no saltar hasta lo eterno.>>
Uno de los ejes más destacados de la obra es su marcada carga sensual, entendida no únicamente en términos físicos, sino como una afirmación plena del cuerpo y del deseo propios. Esta sensualidad se entrelaza con una reivindicación clara de la mujer como sujeto autónomo, que rompe con estructuras opresivas y se desprende del peso simbólico del dominio masculino. La poeta articula así un discurso de emancipación que, lejos de ser panfletario, se sostiene en la vivencia personal y en la honestidad emocional:
<<Me dijeron que debía complacer, que no me podía enfadar, / que calladita estaba más guapa y que no se hable más. / Qué suerte ser consciente de este embuste radical / que me ataba a un presente que no sabía ni cómo aliviar. / Y aceptar que no soy como quieres, es cierto, me ha llevado una eternidad. / Pero ahora no me importa lo que piensas cuando miras mi soledad, / esa que me llena de pura existencia y genuina felicidad.>>
En cuanto al estilo, nos encontramos ante una autora neófita que, sin embargo, muestra una intuición poética notable. Sus versos oscilan entre el versolibrismo y la rima, con una presencia destacada del pareado, lo que aporta cierto ritmo interno y musicalidad sin caer en rigideces formales. Esta combinación revela una búsqueda de equilibrio entre libertad expresiva y estructura, acorde con el propio proceso vital que describe: un tránsito entre el caos emocional y la reconstrucción de un orden propio.
En definitiva, el poemario destaca por su autenticidad y por la fuerza de una voz que, aunque en proceso de formación, ya apunta hacia una sensibilidad poética sólida y comprometida con la exploración del yo y la afirmación de la identidad femenina.
Fernando Mañogil Martínez.