Asombro (La garúa, 2026), de Rocío Expósito (Badalona, 1984), es un poemario que atiende a la percepción y al asombro hacia la naturaleza, pero que al mismo tiempo deja filtrar la grieta dolorosa de la conciencia y el tiempo, se instala en una tradición donde contemplación y herida conviven sin anularse. En esa línea que va de Octavio Paz a Antonio Machado, y que dialoga también con la intensidad mineral de Alejandra Pizarnik, el libro convierte la mirada en una forma de revelación y, a la vez, en un campo de fractura.
Desde sus primeros poemas, la naturaleza no aparece como simple escenario, sino como organismo vibrante:<<Al oeste, las horas exhiben / pupilas inmensas y circulares, / la cebada se mece, / el campo la ronda / con higos granados, serenos / como en aquellos versos / que rozan con el pico el tiempo / de la perfecta soledad.>> (Fragmento de "Como en aquellos versos")
Hay una voluntad de atención minuciosa,
casi fenomenológica, que desacelera el mundo y lo vuelve extraño. El lenguaje se posa sobre los detalles con una delicadeza que recuerda a la poesía contemplativa:
<<Bajan las avispas a los colores / del bosque, a lo casual de las cosas, / al jazmín de tu patio. / Miran al cielo, / y ya en el borde de la tarde / se mueren de frío.>> ("Scendono" )
Sin embargo, esa celebración del asombro está atravesada por una conciencia que sabe del desgaste. El tiempo no es un telón de fondo, sino una presencia incisiva. Cada imagen luminosa contiene una sombra; cada instante de plenitud, una pérdida anticipada. El yo poético percibe la belleza con una intensidad que es también vulnerabilidad: mirar es comprender que todo se transforma, que todo se va. En ese sentido, el poemario trabaja con una tensión constante entre epifanía y erosión.
Formalmente, la escritura oscila entre versos breves, casi susurros, y fragmentos más densos donde la sintaxis se pliega y se interrumpe. Esa grieta formal acompaña la grieta temática: hay silencios que pesan tanto como las palabras. El ritmo respira, se corta, vuelve a fluir, como si imitara los ciclos naturales que el libro contempla:
<<En ese perfil sobrio del día, sin teatro: / sólo el trazo inútil / de la luz.>> ("Fragmento de media tarde")
<<No vivir en tierra firme, / sino en su extremo / mínimo.>> ("Árido azul")
<<Insiste, lentamente, / pero aún no se ha hecho gesto.>> ("El silencio (I)")
<<Igual que la sangre que no sabe adónde ir. / Algo como haber vivido, haber estado, / y no estar nunca.>> ("El silencio (II)")
Uno de los mayores logros del poemario es no caer ni en el mero lirismo celebratorio ni en el nihilismo. La conciencia del tiempo no cancela el asombro; lo intensifica. La herida no clausura la experiencia, la vuelve más honda. Así, la naturaleza no es evasión, sino espejo: en su mutabilidad se cifra nuestra propia fragilidad:
<<Criaturas de timidez litoral, decid: / ¿qué fe os mantiene cuando el mundo / os estrecha por detrás y el miedo / es tan feroz como un exilio? / Remad hasta las pequeñas distancias / antes de que la Tierra, infiel y sigilosa, / tiemble.>> (Fragmento de "Seísmo")
En conjunto, Rocío Expósito nos presenta un libro que invita a habitar en cada imagen, a aceptar que la belleza y la pérdida son inseparables. Un poemario donde percibir es ya un acto ético y poético: atender al mundo, aun sabiendo que el tiempo lo fisura todo.