Hay poéticas que necesitan del espacio para desplegarse y otras que encuentran precisamente en la brevedad su forma de resistencia. El alma por la boca (Ed. Pre-textos, 2026), de mi amigo, el poeta José Iniesta (Valencia, 1962), está construido íntegramente con la métrica de la soleá, convirtiendo una de las formas más sobrias y esenciales de la tradición lírica española en un instrumento de conocimiento: tres versos (o cuatro) pueden bastar para detener el tiempo, convocar una ausencia, nombrar el amor o recordar al lector que toda alegría lleva consigo, en alguna parte de su sombra, la conciencia de la muerte:
<<No sé de mí qué va a ser
cuando se acabe el camino
y ya no sienta la sed.>>
La elección de la soleá no es, por tanto, un simple recurso formal. Es una declaración poética. Frente a la abundancia verbal de nuestro tiempo, estos poemas parecen reivindicar el valor de la palabra necesaria, aquella que ha sido despojada de todo lo accesorio hasta conservar únicamente su núcleo emocional. La soleá obliga al poeta a mirar de cerca, a seleccionar, a callar incluso aquello que podría decirse. Y en ese ejercicio de contención reside buena parte de la fuerza del libro.
La brevedad no significa aquí ligereza. Al contrario: cada composición aspira a contener una experiencia mucho mayor que su extensión. La soleá funciona como una pequeña cámara de resonancia en la que una imagen, una percepción o una emoción cotidiana adquieren una dimensión universal. Iniesta observa el mundo y, después, lo condensa. Entre ambas operaciones, mirar y decir, se encuentra el verdadero trabajo de la poesía:
<<Todo fluye a su acabarse.
Se consume mi existencia,
¡y esta espiga está naciendo
sobre el hambre de la tierra!>>
Porque una de las características más destacables del poemario es precisamente esa mirada atenta sobre la realidad. La voz poética no parece buscar lo extraordinario, sino descubrir lo extraordinario que permanece oculto en lo aparentemente común. La vida cotidiana se convierte así en materia lírica: aquello que sucede delante de nuestros ojos y que, precisamente por suceder todos los días, corremos el riesgo de no percibir. La poesía aparece entonces como una forma de atención. Escribir consiste, en buena medida, en volver a mirar.
Y mirar significa también aceptar aquello que la realidad contiene de contradictorio. Estas soleares recorren territorios emocionales diversos sin necesidad de establecer fronteras rígidas entre ellos. Amor y pérdida, alegría y dolor, presencia y ausencia, juventud y tiempo, vida y muerte no aparecen como realidades enfrentadas, sino como dimensiones inseparables de una misma experiencia. El amor puede contener la conciencia de su posible desaparición; la alegría puede estar atravesada por la fugacidad; una ausencia puede hacerse más intensa precisamente porque alguna vez hubo una presencia.
Especial relevancia adquiere en el conjunto el paso del tiempo. El tiempo no es únicamente una circunstancia externa, sino una fuerza que modifica aquello que amamos, transforma nuestra percepción y nos conduce, silenciosamente, hacia la conciencia de nuestra propia finitud. Frente a él, la soleá ofrece una paradoja hermosa: una forma breve capaz de detener aquello que nunca se detiene. El poema fija durante un instante lo que la vida está continuamente llevando hacia otra parte:
<<Bajo el árbol del jardín
yo estaba considerando
cómo de breve es la vida,
¡y las horas van pasando!>>
De ahí que la muerte no tenga necesariamente que aparecer como un acontecimiento excepcional. Su presencia puede ser mucho más sutil: se encuentra en las cosas que desaparecen, en los recuerdos, en las personas que ya no están, en la conciencia de que cada instante vivido es también un instante perdido. La poesía no necesita convertir la muerte en discurso solemne; basta con hacer visible su sombra sobre las pequeñas cosas.
Las ausencias ocupan, en este sentido, un territorio privilegiado. El poema se convierte en el lugar donde aquello que falta puede recuperar una forma de presencia. La palabra no devuelve lo perdido, pero consigue algo quizá más humilde y, por ello, más verdadero: impedir que desaparezca completamente de nuestra memoria. La poesía se convierte así en una forma de resistencia frente al olvido.
Sin embargo, sería injusto leer el libro únicamente desde la melancolía. Estas soleares contienen también una celebración de la vida, aunque se trate de una celebración consciente de su fragilidad. La alegría que aparece en ellas no es ingenua: conoce el dolor, sabe que el tiempo pasa y que toda presencia está amenazada por la ausencia. Precisamente por eso resulta más intensa. Vivir significa aceptar simultáneamente el gozo y la herida, la plenitud y la pérdida:
<<Por la arena de mis pasos
voy perdido y a mi muerte,
¡pero yo lo voy cantando!>>
En este equilibrio entre luz y sombra reside una de las virtudes esenciales del poemario. No hay voluntad de ofrecer respuestas definitivas a las grandes cuestiones de la existencia. Iniesta observa, siente y condensa. La soleá se convierte entonces en una especie de aforismo emocional, aunque su naturaleza sea plenamente lírica: una mínima estructura verbal capaz de abrir una reflexión mucho mayor en quien la lee.
Y quizá ahí se encuentre la verdadera dificultad de esta escritura. Resulta relativamente sencillo extender una emoción durante páginas; mucho más complejo es, a mi modo de ver, conseguir que esa emoción sobreviva después de haber sido reducida a unas pocas palabras. La soleá exige precisión, pero también confianza en el silencio. Lo que no se dice participa de lo que se dice. Cada poema deja alrededor de sus palabras un espacio para que el lector complete la experiencia.
El poeta aparece así como alguien que mira para descubrir y escribe para conservar. Su tarea consiste en recoger de la realidad aquello que habitualmente se nos escapa: un gesto, una ausencia, una emoción fugaz, una certeza sobre el tiempo, una forma inesperada de la alegría o una intuición de la muerte. Después, todo ello pasa por el tamiz de la palabra hasta quedar convertido en unos pocos versos.
La tradición de la soleá permanece, pero no como pieza de museo. José Iniesta con su libro demuestra que una forma nacida de una larga tradición popular puede seguir siendo extraordinariamente contemporánea cuando se utiliza para interrogar la experiencia humana. La tradición no aparece aquí como repetición, sino como diálogo: el poeta recibe una forma antigua y la convierte en instrumento para hablar desde el presente.
El alma por la boca encuentra en la poética de la condensación su principal argumento estético. Cada soleá aspira a ser pequeña en su arquitectura y grande en su resonancia. En tres versos puede caber una historia de amor, el eco de una pérdida, el vértigo de los años, una meditación sobre la muerte o una celebración inesperada de estar vivos.
Quizá la mejor definición de esta poesía sea precisamente esa: una poesía que sabe mirar. Mirar hasta que lo cotidiano deja de ser cotidiano; mirar hasta encontrar en una escena mínima una verdad que nos concierne a todos; mirar, finalmente, hasta que unas pocas palabras consiguen contener aquello que la vida entera apenas puede explicar.
Gracias José, por recordarnos el pasado martes en la Biblioteca Fernando de Loazes, acompañado de mi otro gran amigo y poeta, José Luis Zerón Huguet –el cual hizo una síntesis muy acertada del poemario– que menos es más, que la soleá, ese palo del flamenco para algunos desconocido, es un artefacto que puede amalgamar, como digo, una vida entera.
Fernando Mañogil Martínez.