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viernes, 3 de abril de 2026

"Hijas de un sol naciente", de Joan de la Vega

Hijas de un sol naciente (Ed. Cántico, 2026), de Joan de la Vega (Santa Coloma de Gramanet, 1975), es un poemario meditativo inspirado en la obra de Kobayashi Issa y se sitúa en un territorio donde la contemplación de la naturaleza se convierte en espejo de la experiencia humana. Siguiendo la sensibilidad del haiku japonés, estos poemas suelen construir imágenes breves pero profundamente evocadoras, en las que un detalle natural —un árbol , una brizna de hierba, un riachuelo o la maleza— abre una puerta hacia emociones universales como la tristeza, la compasión o la esperanza:

Ruedas hacia un lado,
te dejas arrastrar por la pendiente
como hierba escurridiza.

Tan solo el camino auspicia
la terca brevedad de tu hendidura.

En Hijas de un sol naciente, la naturaleza no aparece únicamente como paisaje, sino como una presencia viva que comparte el mismo destino que el ser humano. El dolor del mundo se insinúa en escenas sencillas:

<<A los pies del Árbol / lloras desconsolado / el insaciable vértigo / que persigna el destierro. / Las ramas no las seca / el acoso del tiempo. / Regresan a ti / las voces que no se dan.>>
("Yataro")

Sin embargo, ese dolor no se expresa de forma trágica o grandilocuente; más bien se manifiesta con una delicadeza que invita a la contemplación. La mirada poética, heredera del espíritu de Issa, reconoce la fragilidad de todas las cosas y, al mismo tiempo, su silenciosa belleza:

Las palabras que callamos
extrañamente reverdecen
en la sangre de los muertos.

No toméis del mármol
vuestro último aliento.

Que sea la hoja trémula
quien hable del dolor.

("El otro embargo")

El poemario adquiere un tono cada vez más meditativo. En la segunda sección: "Aquella isla flotante", vemos cómo cada poema funciona como una pausa, un instante suspendido que permite observar cómo lo humano y lo natural se entrelazan. Las pequeñas escenas cotidianas revelan que el sufrimiento forma parte de la existencia, pero también que dentro de esa imperfección habita una armonía sutil. El lector es conducido a una experiencia de atención plena, donde lo mínimo se vuelve significativo y lo efímero adquiere profundidad:

A ras del día
un batallón de casas
grises levita,

espiran la piel tórrida
de la cima animal.

Se han sonrojado
bajo soles de paja
diez vendedores.

Acarrean sus frentes
el fulgor del verano.

("Surugadai, en la capital occidental")

La tercera sección: "Cuaderno de poniente", se erige como un delicado puente entre la sensibilidad occidental y la profundidad estética japonesa, articulado a través de una voz poética que no imita, sino que dialoga con conceptos esenciales de la tradición nipona. Lejos de caer en el exotismo superficial, el poeta incorpora nociones como el wabi-sabi, la figura del samurái o la simbología de las grietas, kintsukuroi, como ejes de una reflexión íntima sobre la impermanencia, la herida y la belleza:

<<Mano a mano reúnes los pedazos de ti que ha dejado al descubierto la esquela. No hay forma de unirlos sin la luz dorada que te vio fallecer. Cada fragmento de hueso, de harapo o pulpa podrida compone un nuevo rompecabezas difícil de reparar. Todo el acertijo que fue acrecentándose con el tiempo, de uso y vida, ya ha expirado bajo tierra. Una a una vas encajando las piezas, estrechando los extremos, a la cámara críptica del poema. Un soplo de malva, un verso reluciente o la brizna de algún recuerdo veraz, acaso sirvan para ilustrar el desvanecimiento de tu geografía.>>

Uno de los mayores logros de esta sección radica en su capacidad para transformar estos conceptos en experiencia emocional. El wabi-sabi, entendido como la belleza de lo imperfecto y lo efímero, no aparece como una mera referencia cultural, sino como una atmósfera que impregna los versos: hay una constante aceptación de lo incompleto, de lo que se quiebra, de lo que envejece. Las imágenes son sobrias, contenidas, a menudo mínimas, evocando esa estética de lo esencial que rehúye el exceso:

<<Esta ira que anida en tu pecho, mirlo blanco, que labra en las palabras larvas enfermizas. Esta ira que derrama los vasos y busca refugio en los solares métricos. Esta aura de nadie que lamenta haber nacido sin su consentimiento. [...] Esta ira, esta hija, esta amiga envenenada sin piedad por amor al presagio y a la ternura de los dones.>>

La figura del samurái, por su parte, no se presenta desde la épica o la violencia, sino como símbolo de disciplina interior, de silencio y de resistencia ética. El poeta parece apropiarse de ese código para explorar la lucha cotidiana del sujeto contemporáneo: una batalla sin espadas, pero cargada de tensiones internas, donde el honor se redefine en términos de coherencia personal:

<<Nadie lee mi nombre en los caminos, ni yo mismo. Al caer la noche, mis extremidades crujen como esas maderas talladas por un creador venido a menos. Recostado en el hórreo que okupo, fumo a escondidas, me río a carcajadas del ser que me habita dentro, me corrije el desmoronamiento y aguarda con ojos ebrios ante un libro futuro por 
escribir, ...>>

En definitiva, Joan de la Vega nos presenta una obra que puede leerse como un ejercicio de empatía hacia el mundo. Al igual que en la poesía de Issa, el poeta observa con ternura tanto a las criaturas más pequeñas como a las emociones humanas más complejas. De esa mirada compasiva surge una poética que no niega el dolor, pero lo transforma en conciencia y serenidad. El resultado es un poemario que invita a detenerse, respirar y reconocer la belleza discreta que persiste incluso en medio de la vulnerabilidad del mundo.

Fernando Mañogil Martínez. 

domingo, 29 de marzo de 2026

"La imperfección del arañazo", de Agustín Raposo

La imperfección del arañazo (Ediciones en Huida, 2026), de Agustín Raposo (La Palma del Condado, Huelva), se articula como un recorrido emocional y político que evoluciona desde la denuncia colectiva hacia la introspección más íntima. Dividido en cuatro partes claramente diferenciadas, la obra traza un arco que va de lo social a lo personal sin perder coherencia temática ni intensidad poética.

La primera parte destaca por su tono reivindicativo y combativo. Aquí, la voz poética se alza contra las estructuras de la sociedad capitalista, señalando sus contradicciones, desigualdades y efectos deshumanizadores. Los poemas, lejos de lo panfletario, logran evitar el cliché gracias a imágenes potentes y un lenguaje cuidado que equilibra crítica y lirismo:

<<Los gritos del herido, / el llanto de los huérfanos, / el olor a carne quemada, / el incendio en los dedos / que no construyen ni acarician, / las pupilas sin brillo del soldado. / En eso que apenas te roza / si no es tu cuerpo prisión o lamento, / en lo intangible, / habita la barbarie.>>
("Barbarie")

En la segunda sección, el poemario se vuelve más intertextual. Las referencias a obras como Los Detectives Salvajes y Pedro Páramo enriquecen el discurso y lo sitúan dentro de una tradición literaria que también ha explorado la violencia, la memoria y la identidad. A través de estos guiños culturales, el autor amplía su crítica y sugiere que la violencia no es solo estructural, sino también simbólica y narrativa, profundamente arraigada en nuestra manera de contar el mundo:

<<Nos educaron / para temer el bosque. / Crecimos con el miedo / temblando en el regazo. / Pero los lobos / no vivían en las historias / que ellos narraban para domesticarnos / Los lobos estaban aquí, / aullando sobre nuestros sexos / con un deseo podrido en las fauces.>>
(Fragmento de "Laura Palmer")

La tercera parte supone un giro esperanzador. Frente al diagnóstico crítico de las secciones anteriores, aquí se plantea la posibilidad de reconstrucción: empezar de cero, redefinirnos como individuos y como sociedad. Los poemas adoptan un tono más reflexivo, incluso utópico por momentos, invitando a imaginar nuevas formas de convivencia y de identidad:

<<Si no es posible / derribar estos dioses de barro / que aprietan, ahogan, pisan / habrá que regresar sobre los pasos, / retirar la pulpa, / llegar a la semilla, / descarnar el hueso / y después triturarlo. / Apagar las hogueras, / bailar desnudos y ateridos / en la oscuridad / de la piedra. / Desmembrarnos. / Deshacernos. / Y volver a empezar.>>
("Deshacernos")

Finalmente, la última sección cierra el libro con un tono íntimo y contemplativo. El foco se desplaza hacia el paso del tiempo, la memoria y los afectos, especialmente el amor como eje vertebrador de la experiencia humana. Esta parte aporta una dimensión emocional que completa el conjunto, mostrando que, tras la crítica social y el impulso transformador, permanece la necesidad de entendernos a nosotros mismos y a nuestras relaciones.
En su conjunto, Agustín Raposo ofrece una propuesta sólida y coherente, capaz de conjugar compromiso social, riqueza cultural y profundidad emocional. Es una obra que invita tanto a la reflexión crítica como a la introspección, dejando una sensación de viaje completo y bien articulado.

Fernando Mañogil Martínez. 

jueves, 12 de marzo de 2026

"Musgo y dientes", de Marina Serrano

Musgo y dientes, (Aliar, 2025), de Marina Serrano (Cádiz, 1984), se inscribe en una tradición de escritura poética que aborda el duelo desde una perspectiva simbólica y corporal, articulando una reflexión sobre la pérdida, la memoria y la genealogía femenina. El poemario se estructura en tres secciones —«El desprendimiento del pájaro», «Una pluma hendida bajo la piel» y «La sombra del vuelo»— que configuran un recorrido no lineal, marcado por la reiteración de imágenes y motivos que operan como núcleos semánticos del texto.

La figura del pájaro funciona como eje simbólico del libro, condensando nociones de tránsito entre vida y muerte, gestación y desprendimiento, permanencia y ausencia. A partir de esta imagen, Marina Serrano elabora una genealogía íntima en la que la orfandad y la maternidad se entrelazan como experiencias constitutivas del sujeto. El linaje femenino se presenta así no solo como herencia biológica, sino como una transmisión afectiva y simbólica que se inscribe en el cuerpo:

<<Ven, / desciende con tu lumbre, / esparce sobre mi boca / las cenizas. / Ahora que mis senos albergan / un blanco océano, / deja que se nutran / las aves que te precedieron: / porque tú también germinaste / en la misma herida, / porque yo también seré / bajo el rocío de la tierra.>> 
(Fragmento de "Un blanco océano")

El cuerpo ocupa un lugar central en el poemario, concebido como espacio de memoria y como superficie de inscripción del dolor. Elementos recurrentes como el musgo, los dientes o las plumas remiten a una materialidad orgánica que tensiona los límites entre lo vivo y lo muerto, lo que permanece y lo que se transforma. En este sentido, el duelo no se plantea como un proceso de cierre, sino como una experiencia de continuidad y reconfiguración:

<<Qué eras: / ¿Un pájaro-cometa? / ¿El eco sumergido de mi latido? / ¿La voz líquida / que surca los cráneos / de nuestros ancestros? / Tú / que atravesaste todas las sombras / a través de esta cicatriz, / dime, / cómo no temer por tu vida, cómo no imaginarnos / bajo la piel del musgo.>>
(Fragmento de "Pájaro-cometa)

Desde un lenguaje ritual, sensorial y densamente metafórico, Marina Serrano construye una poética en la que el sufrimiento se transfigura en conocimiento y forma. Musgo y dientes propone así una lectura del duelo como práctica de memoria encarnada, donde la escritura deviene un gesto de restitución simbólica y de reinscripción del vínculo.

Fernando Mañogil Martínez 

sábado, 28 de febrero de 2026

"Encrucijadas. A salto de mata 2", de José Luis Zerón Huguet

Encrucijadas. A salto de mata 2 (Ed. Polibea, 2025), de mi querido amigo José Luis Zerón Huguet (Orihuela, 1965), atraviesa un bosque sin sendero fijo: se interna en las referencias políticas y culturales y regresa de ellas con las manos llenas de preguntas, no de certezas. Su diálogo es amplio y, al mismo tiempo, esquivo. Uno percibe ecos de los cuadernos de Fernando Pessoa, esa multiplicación del yo que termina por volverse niebla, pero aquí la conversación no se instala en la imitación sino en la fricción. El autor habla con todos y, a la vez, parece no deberle nada a nadie.

El libro se levanta como una reivindicación de la lentitud en tiempos de vértigo. Frente al dictado de la consigna inmediata, Zerón opta por el matiz; frente al alineamiento automático, elige la duda fértil. Sus páginas reúnen lecturas, músicas, noticias y escenas apenas perceptibles, como si cada apunte fuera una chispa que ilumina el presente desde un ángulo inesperado. No hay afán de pontificar, sino de observar con rigor y distancia crítica.
Lo notable es su negativa a caer en la trampa de la nostalgia fácil o del entusiasmo acrítico. José Luis no idealiza el pasado ni se entrega al optimismo decorativo. Prefiere una mirada sobria, atenta a lo que suele quedar fuera del encuadre mediático. En esa atención a lo mínimo, (una frase, un gesto, una noticia lateral) se cifra la fuerza del libro: una invitación a pensar sin estridencias, a escuchar lo que casi no suena.
Por otro lado, este libro presenta como un territorio de destellos: una constelación de lampos —breves frases, a medio camino entre el aforismo y la intuición poética— que iluminan, por instantes, la vida, la literatura y la poesía. No es una sección que se lea de principio a fin con la linealidad de una novela, sino un territorio para abrir al azar, releer, subrayar y dejar reposar.
Los lampos que lo componen destacan por su ingenio y su precisión. Cada frase parece escrita con la conciencia de que decir menos es, a veces, decir más. Hay reflexiones sobre la vida cotidiana que revelan una mirada irónica, lúcida, incluso tierna; pensamientos sobre la literatura que oscilan entre la celebración del acto de escribir y la duda constante que lo acompaña; y, sobre todo, sentencias sobre la poesía que la entienden no como ornamento, sino como una forma de conocimiento y de resistencia frente al ruido del mundo:

"La palabra poética ilumina rincones que la definición no alcanza. Revela, no delimita."

"La ternura no puede ser abarcada con palabras."

"Habría que pedirle al escritor comprometido que sea igualmente responsable."

El tono de los lampos es íntimo, pero nunca complaciente. Algunas frases funcionan como pequeñas epifanías; otras, como preguntas incómodas que el lector se ve obligado a completar con su propia experiencia. En ese sentido, esta sección no ofrece verdades cerradas, sino chispazos de sentido que se expanden en la conciencia de quien lee.
Más que un simple conjunto de ocurrencias brillantes, estos lampos logran construir una ética de la mirada: observar con atención, escribir con sobriedad y vivir con la conciencia de que lo esencial suele manifestarse en lo breve. 
La última sección: "La crecida", se centra en la crecida del río Segura durante la DANA de 2019 y lo hace desde una mirada que combina la crónica, la memoria y la reflexión. No se limita a enumerar datos ni a describir el fenómeno meteorológico, sino que convierte el desbordamiento del río en un símbolo poderoso de fragilidad y desorden, tanto natural como humano.
El texto reconstruye aquellos días con una prosa contenida, casi sobria, que evita el dramatismo fácil. La crecida aparece primero como una amenaza silenciosa, luego como una fuerza imparable que altera el ritmo cotidiano de los pueblos y las ciudades de la comarca del bajo Segura, más concretamente en Orihuela. Zerón observa cómo el agua invade calles y huertas, pero también cómo aflora una sensación colectiva de desamparo, de retorno a una vulnerabilidad que se creía superada.
Uno de los mayores aciertos de la sección es su capacidad para enlazar lo concreto con lo universal. La riada no es solo un episodio local, sino una ocasión para pensar en la relación del ser humano con el territorio, en la memoria de las catástrofes repetidas y en la falsa confianza en el control absoluto de la naturaleza. El río, desbordado, se convierte en una voz antigua que recuerda límites olvidados.
La escritura alterna imágenes precisas como el color del agua, el olor del barro, el silencio posterior, etc., con reflexiones breves que invitan a la pausa. Hay en estas páginas una conciencia clara de que la catástrofe no termina cuando baja el nivel del agua, sino que permanece en la memoria y en el paisaje.
En conjunto, esta sección destaca por su equilibrio entre testimonio y pensamiento. Más que narrar una inundación, propone una lectura ética y poética de lo ocurrido, dejando en el lector la impresión de que la crecida del Segura fue también una crecida de preguntas sobre el modo en que habitamos el mundo.
Encruijadas. A salto de mata 2 es, en suma, un ejercicio de resistencia íntima. Un cuaderno que se rehúsa a gritar para hacerse oír y que apuesta por la inteligencia paciente como forma de intervención en el mundo.

sábado, 21 de febrero de 2026

"Asombro", de Rocío Expósito

 Asombro (La garúa, 2026), de Rocío Expósito (Badalona, 1984), es un poemario que atiende a la percepción y al asombro hacia la naturaleza, pero que al mismo tiempo deja filtrar la grieta dolorosa de la conciencia y el tiempo, se instala en una tradición donde contemplación y herida conviven sin anularse. En esa línea que va de Octavio Paz a Antonio Machado, y que dialoga también con la intensidad mineral de Alejandra Pizarnik, el libro convierte la mirada en una forma de revelación y, a la vez, en un campo de fractura.

Desde sus primeros poemas, la naturaleza no aparece como simple escenario, sino como organismo vibrante:

<<Al oeste, las horas exhiben / pupilas inmensas y circulares, / la cebada se mece, / el campo la ronda / con higos granados, serenos / como en aquellos versos / que rozan con el pico el tiempo / de la perfecta soledad.>> (Fragmento de "Como en aquellos versos")

Hay una voluntad de atención minuciosa,
casi fenomenológica, que desacelera el mundo y lo vuelve extraño. El lenguaje se posa sobre los detalles con una delicadeza que recuerda a la poesía contemplativa:

<<Bajan las avispas a los colores / del bosque, a lo casual de las cosas, / al jazmín de tu patio. / Miran al cielo, / y ya en el borde de la tarde / se mueren de frío.>> ("Scendono" )

Sin embargo, esa celebración del asombro está atravesada por una conciencia que sabe del desgaste. El tiempo no es un telón de fondo, sino una presencia incisiva. Cada imagen luminosa contiene una sombra; cada instante de plenitud, una pérdida anticipada. El yo poético percibe la belleza con una intensidad que es también vulnerabilidad: mirar es comprender que todo se transforma, que todo se va. En ese sentido, el poemario trabaja con una tensión constante entre epifanía y erosión.
Formalmente, la escritura oscila entre versos breves, casi susurros, y fragmentos más densos donde la sintaxis se pliega y se interrumpe. Esa grieta formal acompaña la grieta temática: hay silencios que pesan tanto como las palabras. El ritmo respira, se corta, vuelve a fluir, como si imitara los ciclos naturales que el libro contempla:

<<En ese perfil sobrio del día, sin teatro: / sólo el trazo inútil / de la luz.>> ("Fragmento de media tarde")
<<No vivir en tierra firme, / sino en su extremo / mínimo.>> ("Árido azul")

<<Insiste, lentamente, / pero aún no se ha hecho gesto.>> ("El silencio (I)")

<<Igual que la sangre que no sabe adónde ir. / Algo como haber vivido, haber estado, / y no estar nunca.>> ("El silencio (II)")

Uno de los mayores logros del poemario es no caer ni en el mero lirismo celebratorio ni en el nihilismo. La conciencia del tiempo no cancela el asombro; lo intensifica. La herida no clausura la experiencia, la vuelve más honda. Así, la naturaleza no es evasión, sino espejo: en su mutabilidad se cifra nuestra propia fragilidad:

<<Criaturas de timidez litoral, decid: / ¿qué fe os mantiene cuando el mundo / os estrecha por detrás y el miedo / es tan feroz como un exilio? / Remad hasta las pequeñas distancias / antes de que la Tierra, infiel y sigilosa, / tiemble.>> (Fragmento de "Seísmo")

En conjunto, Rocío Expósito nos presenta  un libro que invita a habitar en cada imagen, a aceptar que la belleza y la pérdida son inseparables. Un poemario donde percibir es ya un acto ético y poético: atender al mundo, aun sabiendo que el tiempo lo fisura todo.

Fernando Mañogil Martínez. 

miércoles, 11 de febrero de 2026

"El día que dejamos de ver porno", de Carolina Otero

El día que dejamos de ver porno, XXV Premio <<València de poesía en castellano>> (Ed. Hiperión, 2025), de Carolina Otero (Valencia, 1977) se erige como un gesto de confrontación directa contra la cultura pornográfica dominante, a la que expone como un espacio profundamente retrógrado y antifeminista. A través de un verso incisivo, a veces casi cortante, la autora desmantela los imaginarios que reducen el cuerpo femenino a objeto de consumo, señalando sin rodeos las violencias simbólicas que el porno normaliza y reproduce:


"llega el tirano en nuestra cama, / llega Jesús y nos inyecta negro en vena / llegan los ultras y nos desahucian / de la casa de los ancestros, / llega el académico y nos prepara / unos duelos y quebrantos..." (Fragmento de "El día que dejamos de ver porno")

El tono del libro oscila entre la denuncia y la reivindicación. No se limita a mostrar el daño, sino que transforma la palabra poética en una herramienta de resistencia: cada poema funciona como un acto de reapropiación del cuerpo, del deseo y de la voz:

"El amo querrá que me tatúe / su inicial en el pubis; / yo habré de complacerle y me rotularé / una hache mayúscula con permanente / [...] Le gustará su letra en mi sexo / deseando amar, / pero no será suficiente; / desaparecerá el sello del ganado, / su santo crotal."

La escritura es consciente de su incomodidad y la explota; incomoda para obligar a mirar, para romper la pasividad del lector frente a una industria que se presenta como neutral o liberadora.
En ese recorrido, la lucha de la mujer por encontrar un lugar de igualdad no aparece como un destino idealizado, sino como un proceso tenso, lleno de contradicciones y fracturas:

"Nos besaremos, nos quitaremos la ropa, / nos dejaremos caer en su colchón / vestido solo con sábana bajera. / Haremos cosas, afortunadamente me mirará / de sus ojos, con su carne, / no como el exnovio. / Eso, señoría, ¿no es ganar? / Eso es ganar una limosna. / Eso es ganarse el pan."

El poemario no ofrece respuestas cerradas, sino preguntas urgentes: ¿quién mira?, ¿quién es mirada?, ¿desde dónde se construye el deseo? Así, Carolina Otero nos presenta un poemario denodado, en ocasiones mordaz, en el que se posiciona en un territorio de resistencia, sin renunciar a la ironía y al lirismo, haciendo del verso un espacio donde la crítica social y la experiencia íntima dialogan con fuerza y honestidad:

"Llega la niña que fui y se abre el vestido / para complacer a primo, monja y amo, /
—para que su propio espejito la quiera— / llega José Antonio / para decirte que no le gustas / ni cuando callas; / llega Lorena para avergonzarte / porque te amanecen los pechos: / —Tengo 12 años, por favor, que Nadie sepa / que mi cuerpo está mutando en una monstrua."

Fernando Mañogil Martínez.