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sábado, 28 de febrero de 2026

"Encrucijadas. A salto de mata 2", de José Luis Zerón Huguet

Encrucijadas. A salto de mata 2 (Ed. Polibea, 2025), de mi querido amigo José Luis Zerón Huguet (Orihuela, 1965), atraviesa un bosque sin sendero fijo: se interna en las referencias políticas y culturales y regresa de ellas con las manos llenas de preguntas, no de certezas. Su diálogo es amplio y, al mismo tiempo, esquivo. Uno percibe ecos de los cuadernos de Fernando Pessoa, esa multiplicación del yo que termina por volverse niebla, pero aquí la conversación no se instala en la imitación sino en la fricción. El autor habla con todos y, a la vez, parece no deberle nada a nadie.

El libro se levanta como una reivindicación de la lentitud en tiempos de vértigo. Frente al dictado de la consigna inmediata, Zerón opta por el matiz; frente al alineamiento automático, elige la duda fértil. Sus páginas reúnen lecturas, músicas, noticias y escenas apenas perceptibles, como si cada apunte fuera una chispa que ilumina el presente desde un ángulo inesperado. No hay afán de pontificar, sino de observar con rigor y distancia crítica.
Lo notable es su negativa a caer en la trampa de la nostalgia fácil o del entusiasmo acrítico. José Luis no idealiza el pasado ni se entrega al optimismo decorativo. Prefiere una mirada sobria, atenta a lo que suele quedar fuera del encuadre mediático. En esa atención a lo mínimo, (una frase, un gesto, una noticia lateral) se cifra la fuerza del libro: una invitación a pensar sin estridencias, a escuchar lo que casi no suena.
Por otro lado, este libro presenta como un territorio de destellos: una constelación de lampos —breves frases, a medio camino entre el aforismo y la intuición poética— que iluminan, por instantes, la vida, la literatura y la poesía. No es una sección que se lea de principio a fin con la linealidad de una novela, sino un territorio para abrir al azar, releer, subrayar y dejar reposar.
Los lampos que lo componen destacan por su ingenio y su precisión. Cada frase parece escrita con la conciencia de que decir menos es, a veces, decir más. Hay reflexiones sobre la vida cotidiana que revelan una mirada irónica, lúcida, incluso tierna; pensamientos sobre la literatura que oscilan entre la celebración del acto de escribir y la duda constante que lo acompaña; y, sobre todo, sentencias sobre la poesía que la entienden no como ornamento, sino como una forma de conocimiento y de resistencia frente al ruido del mundo:

"La palabra poética ilumina rincones que la definición no alcanza. Revela, no delimita."

"La ternura no puede ser abarcada con palabras."

"Habría que pedirle al escritor comprometido que sea igualmente responsable."

El tono de los lampos es íntimo, pero nunca complaciente. Algunas frases funcionan como pequeñas epifanías; otras, como preguntas incómodas que el lector se ve obligado a completar con su propia experiencia. En ese sentido, esta sección no ofrece verdades cerradas, sino chispazos de sentido que se expanden en la conciencia de quien lee.
Más que un simple conjunto de ocurrencias brillantes, estos lampos logran construir una ética de la mirada: observar con atención, escribir con sobriedad y vivir con la conciencia de que lo esencial suele manifestarse en lo breve. 
La última sección: "La crecida", se centra en la crecida del río Segura durante la DANA de 2019 y lo hace desde una mirada que combina la crónica, la memoria y la reflexión. No se limita a enumerar datos ni a describir el fenómeno meteorológico, sino que convierte el desbordamiento del río en un símbolo poderoso de fragilidad y desorden, tanto natural como humano.
El texto reconstruye aquellos días con una prosa contenida, casi sobria, que evita el dramatismo fácil. La crecida aparece primero como una amenaza silenciosa, luego como una fuerza imparable que altera el ritmo cotidiano de los pueblos y las ciudades de la comarca del bajo Segura, más concretamente en Orihuela. Zerón observa cómo el agua invade calles y huertas, pero también cómo aflora una sensación colectiva de desamparo, de retorno a una vulnerabilidad que se creía superada.
Uno de los mayores aciertos de la sección es su capacidad para enlazar lo concreto con lo universal. La riada no es solo un episodio local, sino una ocasión para pensar en la relación del ser humano con el territorio, en la memoria de las catástrofes repetidas y en la falsa confianza en el control absoluto de la naturaleza. El río, desbordado, se convierte en una voz antigua que recuerda límites olvidados.
La escritura alterna imágenes precisas como el color del agua, el olor del barro, el silencio posterior, etc., con reflexiones breves que invitan a la pausa. Hay en estas páginas una conciencia clara de que la catástrofe no termina cuando baja el nivel del agua, sino que permanece en la memoria y en el paisaje.
En conjunto, esta sección destaca por su equilibrio entre testimonio y pensamiento. Más que narrar una inundación, propone una lectura ética y poética de lo ocurrido, dejando en el lector la impresión de que la crecida del Segura fue también una crecida de preguntas sobre el modo en que habitamos el mundo.
Encruijadas. A salto de mata 2 es, en suma, un ejercicio de resistencia íntima. Un cuaderno que se rehúsa a gritar para hacerse oír y que apuesta por la inteligencia paciente como forma de intervención en el mundo.

sábado, 21 de febrero de 2026

"Asombro", de Rocío Expósito

 Asombro (La garúa, 2026), de Rocío Expósito (Badalona, 1984), es un poemario que atiende a la percepción y al asombro hacia la naturaleza, pero que al mismo tiempo deja filtrar la grieta dolorosa de la conciencia y el tiempo, se instala en una tradición donde contemplación y herida conviven sin anularse. En esa línea que va de Octavio Paz a Antonio Machado, y que dialoga también con la intensidad mineral de Alejandra Pizarnik, el libro convierte la mirada en una forma de revelación y, a la vez, en un campo de fractura.

Desde sus primeros poemas, la naturaleza no aparece como simple escenario, sino como organismo vibrante:

<<Al oeste, las horas exhiben / pupilas inmensas y circulares, / la cebada se mece, / el campo la ronda / con higos granados, serenos / como en aquellos versos / que rozan con el pico el tiempo / de la perfecta soledad.>> (Fragmento de "Como en aquellos versos")

Hay una voluntad de atención minuciosa,
casi fenomenológica, que desacelera el mundo y lo vuelve extraño. El lenguaje se posa sobre los detalles con una delicadeza que recuerda a la poesía contemplativa:

<<Bajan las avispas a los colores / del bosque, a lo casual de las cosas, / al jazmín de tu patio. / Miran al cielo, / y ya en el borde de la tarde / se mueren de frío.>> ("Scendono" )

Sin embargo, esa celebración del asombro está atravesada por una conciencia que sabe del desgaste. El tiempo no es un telón de fondo, sino una presencia incisiva. Cada imagen luminosa contiene una sombra; cada instante de plenitud, una pérdida anticipada. El yo poético percibe la belleza con una intensidad que es también vulnerabilidad: mirar es comprender que todo se transforma, que todo se va. En ese sentido, el poemario trabaja con una tensión constante entre epifanía y erosión.
Formalmente, la escritura oscila entre versos breves, casi susurros, y fragmentos más densos donde la sintaxis se pliega y se interrumpe. Esa grieta formal acompaña la grieta temática: hay silencios que pesan tanto como las palabras. El ritmo respira, se corta, vuelve a fluir, como si imitara los ciclos naturales que el libro contempla:

<<En ese perfil sobrio del día, sin teatro: / sólo el trazo inútil / de la luz.>> ("Fragmento de media tarde")
<<No vivir en tierra firme, / sino en su extremo / mínimo.>> ("Árido azul")

<<Insiste, lentamente, / pero aún no se ha hecho gesto.>> ("El silencio (I)")

<<Igual que la sangre que no sabe adónde ir. / Algo como haber vivido, haber estado, / y no estar nunca.>> ("El silencio (II)")

Uno de los mayores logros del poemario es no caer ni en el mero lirismo celebratorio ni en el nihilismo. La conciencia del tiempo no cancela el asombro; lo intensifica. La herida no clausura la experiencia, la vuelve más honda. Así, la naturaleza no es evasión, sino espejo: en su mutabilidad se cifra nuestra propia fragilidad:

<<Criaturas de timidez litoral, decid: / ¿qué fe os mantiene cuando el mundo / os estrecha por detrás y el miedo / es tan feroz como un exilio? / Remad hasta las pequeñas distancias / antes de que la Tierra, infiel y sigilosa, / tiemble.>> (Fragmento de "Seísmo")

En conjunto, Rocío Expósito nos presenta  un libro que invita a habitar en cada imagen, a aceptar que la belleza y la pérdida son inseparables. Un poemario donde percibir es ya un acto ético y poético: atender al mundo, aun sabiendo que el tiempo lo fisura todo.

Fernando Mañogil Martínez. 

miércoles, 11 de febrero de 2026

"El día que dejamos de ver porno", de Carolina Otero

El día que dejamos de ver porno, XXV Premio <<València de poesía en castellano>> (Ed. Hiperión, 2025), de Carolina Otero (Valencia, 1977) se erige como un gesto de confrontación directa contra la cultura pornográfica dominante, a la que expone como un espacio profundamente retrógrado y antifeminista. A través de un verso incisivo, a veces casi cortante, la autora desmantela los imaginarios que reducen el cuerpo femenino a objeto de consumo, señalando sin rodeos las violencias simbólicas que el porno normaliza y reproduce:


"llega el tirano en nuestra cama, / llega Jesús y nos inyecta negro en vena / llegan los ultras y nos desahucian / de la casa de los ancestros, / llega el académico y nos prepara / unos duelos y quebrantos..." (Fragmento de "El día que dejamos de ver porno")

El tono del libro oscila entre la denuncia y la reivindicación. No se limita a mostrar el daño, sino que transforma la palabra poética en una herramienta de resistencia: cada poema funciona como un acto de reapropiación del cuerpo, del deseo y de la voz:

"El amo querrá que me tatúe / su inicial en el pubis; / yo habré de complacerle y me rotularé / una hache mayúscula con permanente / [...] Le gustará su letra en mi sexo / deseando amar, / pero no será suficiente; / desaparecerá el sello del ganado, / su santo crotal."

La escritura es consciente de su incomodidad y la explota; incomoda para obligar a mirar, para romper la pasividad del lector frente a una industria que se presenta como neutral o liberadora.
En ese recorrido, la lucha de la mujer por encontrar un lugar de igualdad no aparece como un destino idealizado, sino como un proceso tenso, lleno de contradicciones y fracturas:

"Nos besaremos, nos quitaremos la ropa, / nos dejaremos caer en su colchón / vestido solo con sábana bajera. / Haremos cosas, afortunadamente me mirará / de sus ojos, con su carne, / no como el exnovio. / Eso, señoría, ¿no es ganar? / Eso es ganar una limosna. / Eso es ganarse el pan."

El poemario no ofrece respuestas cerradas, sino preguntas urgentes: ¿quién mira?, ¿quién es mirada?, ¿desde dónde se construye el deseo? Así, Carolina Otero nos presenta un poemario denodado, en ocasiones mordaz, en el que se posiciona en un territorio de resistencia, sin renunciar a la ironía y al lirismo, haciendo del verso un espacio donde la crítica social y la experiencia íntima dialogan con fuerza y honestidad:

"Llega la niña que fui y se abre el vestido / para complacer a primo, monja y amo, /
—para que su propio espejito la quiera— / llega José Antonio / para decirte que no le gustas / ni cuando callas; / llega Lorena para avergonzarte / porque te amanecen los pechos: / —Tengo 12 años, por favor, que Nadie sepa / que mi cuerpo está mutando en una monstrua."

Fernando Mañogil Martínez. 

viernes, 6 de febrero de 2026

"La ingravidez que somos", de Antonio Ríos

La ingravidez que somos (Ed. Vitrubio, 2024), de Antonio Ríos, galardonado con el XI Premio Internacional de Poesía Covibar-Ciudad de Rivas, es un poemario que mezcla el verso de aroma tradicional, con el versolibrismo y la vanguardia.

Se estructura en un introito y seis partes que dialogan entre sí como estaciones de un mismo viaje existencial. El poema inaugural funciona como una suerte de umbral simbólico: a través de la imagen de los juegos de azar y del destino, Antonio Ríos desmonta la idea de un porvenir predeterminado y nos recuerda que nada está escrito, que el ser humano es un ente arrojado al mundo, obligado a construirse en medio de la incertidumbre:

"Lanza el destino sus dados. / Acaso sed, / río acaso, / pudieran ser / nubes, / lodos. / La ingravidez que somos: / el peso con que cargamos."

Las cinco secciones restantes, o interacciones, profundizan en distintas dimensiones de la experiencia humana.
La primera aborda el origen del mundo y la fragilidad de la existencia, subrayando lo efímero de nuestra presencia frente a la vastedad del tiempo y del universo:

"Nuestra historia es una herida / que no sabemos cerrar. / Más allá de nuestros ojos, / bajo las prepirenaicas líneas / de nuestras manos, / tras nuestra huella, / el viento observa          paciente y mudo." (Fragmento de "Y supimos del fuego")

En la segunda interacción, la escritura y el acto poético se convierten en el eje central: la palabra aparece como refugio, como una forma de defensa personal frente al caos y el silencio, un gesto íntimo de resistencia:
"Escribe / como si nadie te leyera, / como si nadie más quisiera / saborear / tus apetencias / con la palabra que, desnuda / y sobre sábanas de Holanda, / gozosa, te abre sus piernas / tentándote a traspasar / su horizonte de sucesos." (Fragmento de "Acto poético")

La tercera interacción se adentra en la temática amorosa desde una perspectiva platónica, donde el poeta se muestra supeditado a la mirada de la amada, construyendo un amor idealizado que oscila entre la contemplación y la entrega:

"Ya solo me interesa tu sonrisa, / su esbelta precisión, / su curvatura. / No invoco más edén que la mesura / que enjoya de tus labios la cornisa." (Fragmento de "A tu (mi) ventura")

La cuarta sección reflexiona sobre el paso del tiempo con un tono marcadamente filosófico, enlazando preguntas sobre la memoria, la identidad y el sentido de la propia existencia:

"La sumatoria de todos nuestros instantes: / eso somos. / Sedimentos, / credenciales, / el reflejo en los espejos, / húmedos y titilantes, / del lago de nuestros pasos."

Finalmente, la última interacción cierra el libro con una meditación sobre el sentido de la vida y la certeza de que estamos de paso, dejando una sensación de tránsito y de aceptación serena ante lo inevitable:

"La Nada es la sombra / que proyecta tu sombra / cuando la luna / se asoma a tus pasos. / La Nada es el tiempo / que no te queda, / las bocas / no devoradas, / las huellas / que Dios borró / para que dudes con firmeza / que no existe, / un calibre 32 / apuntando a tu cabeza." ("Fragmento de "La Nada")

En conjunto, La ingravidez que somos propone una lectura introspectiva y coherente, donde cada parte amplía la anterior y construye una visión poética del ser humano como un viajero consciente de su fragilidad, pero también de su capacidad para crear significado a través de la palabra.


Fernando Mañogil Martínez. 

sábado, 31 de enero de 2026

"El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes", de Tatiana Ţîbuleac

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes (Impedimenta, 2019), de Tatiana Țîbuleac (Moldavia, 1978), es una novela breve pero emocionalmente devastadora, de esas que no buscan agradar sino sacudir. Narrada desde la voz áspera y herida de Aleksy, el libro reconstruye un verano compartido con una madre enferma con la que siempre mantuvo una relación marcada por el rencor, la incomprensión y el dolor no dicho. Desde la primera página, el tono es incómodo, casi violento, y obliga al lector a entrar en una intimidad donde el amor y el odio conviven sin pedir permiso.

Uno de los grandes aciertos de la novela es su estilo: seco, fragmentado, a ratos poético y a ratos cruel. Țîbuleac no embellece el sufrimiento ni busca la lágrima fácil; al contrario, expone la fealdad de los vínculos rotos y la manera torpe en que las personas intentan amar cuando ya es casi demasiado tarde. La enfermedad de la madre funciona más como catalizador emocional que como tema central: lo verdaderamente importante es la memoria, la culpa y la imposibilidad de reparar del todo una relación dañada.

Esta es una historia sobre el duelo, pero también sobre la infancia, la pérdida y la fragilidad de los recuerdos. El título, delicado y engañosamente bello, contrasta con la dureza del contenido y resume bien el espíritu del libro: incluso en medio del dolor más áspero, hay destellos de ternura que solo se comprenden cuando ya han pasado.

Sinceramente, no tenía pensado hacer una reseña sobre El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes pero no he podido pasar por alto escribir estas líneas, que han salido casi de corrido, porque este libro sacude al lector y lo hace consciente de lo que es la vida en toda su extensión, con todo su brillo y su crudeza. Una novela profundamente honesta y difícil de olvidar.


Fernando Mañogil Martínez.

sábado, 24 de enero de 2026

"Cuerpo en fuga", de Marta Gómez de la Vega

El poemario Cuerpo en fuga (La Garúa 2026), de Marta Gómez de la Vega (Madrid, 1975), nos demuestra que el silencio no es una ausencia, sino una presencia cargada de sentido. Se convierte en el espacio donde la palabra tiembla antes de nacer y donde, a veces, decide no hacerlo, consciente de su insuficiencia para abarcar el dolor y la complejidad de la experiencia humana. La poesía surge así como un intento, como un gesto que se aproxima a lo indecible, sabiendo que nunca lo poseerá del todo:

"Me caen piedras por dentro / Ruedan por los contornos del hígado / se arrastran por el intestino / alejándose temporalmente / en un despiste de hueco          tras la vejiga / Gira despacio / para no rasgar / la frágil tela de las entrañas / que dan casa / a la fiera del insomnio / Muchas cosas en mis labios / pugnan         / por nombrarse"

El juego de sinestesias y prosopopeyas atraviesan los versos y construyen una percepción del mundo en la que los sentidos se entrecruzan: "veo el silencio", "quiero que cruja tu cara", "canta el bosque", "el silencio apaga las luces"... Esta fusión sensorial no es mero artificio estético, sino una vía para expresar una realidad interior fragmentada, donde las emociones desbordan los límites del lenguaje convencional:

"Salvaje canta el bosque al corazón pájaro / corazón bosque canta al pájaro salvaje / pájaro salvaje canta a la vida       corazón busca / se nos escapa la vida sin cantar / Lo salvaje aguarda"

A ello se suma la conciencia del paso del tiempo, que avanza como una corriente silenciosa, erosionando recuerdos, cuerpos y certezas. El tiempo deja su huella en forma de ausencias: seres, instantes, palabras que ya no están y cuya falta se vuelve tan elocuente como una presencia. Estas ausencias dialogan con el silencio y lo densifican, convirtiéndolo en un territorio de memoria y de pérdida:

"Clavo las rodillas sin esperanza ni costumbre / Dios mío / qué soy sino una monja farsante / postrada en las raíces del manzano / En mis plegarias musito los amantes / palpita la flor entre mis piernas     emite un olor dulce / para que estas bocas tardías no sucumban / en un bosque de escarcha"

De manera sutil pero persistente, emerge también una mirada crítica hacia la realidad social. El dolor individual se reconoce como reflejo de un malestar colectivo: la soledad en las ciudades, la deshumanización, la pobreza, la injusticia callada que se normaliza. El silencio adquiere entonces una dimensión ética, pues no solo es interior, sino también impuesto, producto de aquello que no se dice o no se quiere escuchar:

"Amanece salvaje / aúllan las cejas / muere el reposo / al alba / duelo de asalariados / retumban / el sol no tiene compasión / arrasa el limbo en la hamaca / Desvelo / entre mis manos     la última sed"

Las palabras, en su aparente mediocridad, revelan su fracaso y, al mismo tiempo, su necesidad. Son insuficientes para nombrar el dolor, pero imprescindibles para insinuarlo. En esa tensión entre lo que se quiere decir y lo que no puede decirse, el poema encuentra su verdad: no en la claridad absoluta, sino en la grieta, en el balbuceo, en la sombra que deja el silencio.

En definitiva, Marta Gómez de la Vega propone una reflexión sobre la condición humana, atravesada por el tiempo, la herida, la ausencia y la conciencia social, y por la imposibilidad de expresarlas plenamente. La poesía se alza entonces como un acto de resistencia frente al vacío y frente a la indiferencia, un murmullo que, aun sabiendo que no alcanza, insiste en nombrar la realidad profunda del ser y de su mundo. 


Fernando Mañogil Martínez