Julio Rodríguez (Oviedo, 1971) me ha deslumbrado con su último poemario hasta la fecha Señales para futuros arqueólogos (Ed. Rialp, 2025), cuya materia es, en apariencia, contemporánea: las pantallas, las redes sociales, la inmediatez, la hiperconexión, el vértigo tecnológico. Pero bajo esa superficie late una preocupación mucho más antigua: qué significa seguir siendo humanos cuando todo cuanto nos rodea parece empujarnos hacia una existencia cada vez más mediada por las máquinas.
Julio contempla nuestro tiempo con una mezcla de fascinación y alerta. No hay en estos versos una condena simplista de la tecnología ni una nostalgia ingenua por un mundo anterior a los teléfonos inteligentes. La mirada es más profunda. La cuestión no consiste en preguntarnos si la tecnología es buena o mala, sino en averiguar qué lugar ocupa dentro de nuestra vida y, sobre todo, qué espacio comienza a ocupar dentro de nosotros.
Porque quizá el verdadero peligro no sea que las máquinas lleguen a parecerse demasiado a los seres humanos, sino que los seres humanos terminemos pareciéndonos demasiado a las máquinas.
El poemario construye así una suerte de advertencia poética. Las pantallas prometen comunicación y, paradójicamente, pueden conducir al aislamiento; las redes sociales prometen compañía y pueden convertir nuestra intimidad en escaparate; la acumulación incesante de información no garantiza conocimiento, del mismo modo que estar permanentemente conectados no significa necesariamente estar cerca de los demás:
<<No seas cascarrabias, pues podría / haber sido peor, a buena parte. / Piensa que, por lo menos, / hay alguien que se acuerda / de ti todos los días.>>
("Spam")
Vivimos rodeados de mensajes y, sin embargo, cada vez resulta más difícil encontrar una palabra verdaderamente nuestra.
Esa contradicción constituye uno de los grandes núcleos de la obra. La tecnología multiplica las posibilidades de comunicación, pero el poema se pregunta qué sucede con la conversación cuando desaparecen la pausa, la escucha y el silencio. En una época en la que todo parece reclamar nuestra atención durante unos segundos, la poesía reivindica precisamente aquello que el mundo digital parece considerar improductivo: detenerse, mirar, recordar, contemplar y amar:
<<Si acaso te preguntas / qué queda de aquel árbol / que un día hace ya tiempo te dio sombra, / te daré la respuesta: estas poquitas / hojas (de calendario) que, a su antojo, / el viento mueve, esparce y desordena / y estos dos nombres propios / grabados para siempre en su corteza.>>
("Este árbol")
El futuro que plantea el libro posee algo de distopía, aunque no necesita ciudades devastadas ni máquinas dominadoras. La distopía puede ser mucho más cotidiana: un mundo en el que las personas hayan olvidado mirar el cielo porque están pendientes de una pantalla; en el que fotografiemos cada instante antes de haberlo vivido; en el que necesitemos registrar una experiencia para sentir que realmente ha sucedido. Un futuro en el que la memoria humana haya sido sustituida por dispositivos capaces de almacenarlo todo, pero incapaces de recordar por nosotros aquello que verdaderamente importa.
Ahí reside una de las paradojas más hermosas del poemario: cuanto más perfecta se vuelve nuestra capacidad para conservar imágenes, datos y conversaciones, más necesario resulta preservar la memoria como experiencia interior. Recordar no consiste únicamente en almacenar información. Recordar es también transformar lo vivido, darle sentido, convertir una ausencia en palabra, una herida en conocimiento, una experiencia en conciencia. Es precisamente en ese territorio donde la poesía adquiere su verdadero sentido:
<<No reniegues de aquello, vida mía, / que te hizo, pese a todo, ser quien eres. / Vuelve sobre tus pasos al lugar / donde te equivocaste y podrás ver / que el error forma parte del camino.>>
("Rew")
Frente al lenguaje automático, rápido y funcional, el poema recupera la palabra lenta. Frente a la respuesta inmediata, introduce la duda. Frente al ruido constante de las redes, reivindica el silencio. Frente a la imagen fugaz, propone la mirada. La poesía no pretende competir con la tecnología en velocidad, eficacia o cantidad de información. Su territorio es otro: la profundidad.
Por eso Señales para futuros arqueólogos acaba convirtiéndose en una defensa de la sensibilidad. Ser sensible significa todavía ser capaz de conmoverse ante una pérdida, detenerse ante un paisaje, reconocer la belleza de un gesto, escuchar una voz querida, experimentar nostalgia, sentir compasión o descubrir que una palabra puede contener una vida entera. Ninguna máquina puede sustituir la experiencia de sentir que algo nos afecta de una manera irrepetible.
La poesía aparece entonces como una forma de resistencia. No una resistencia contra las máquinas, sino contra la posibilidad de que la lógica de las máquinas termine gobernando nuestra manera de vivir. Frente a la velocidad, lentitud. Frente a la saturación, silencio. Frente a la exhibición permanente, intimidad. Frente al algoritmo que decide aquello que debemos mirar, la libertad de escoger dónde posar nuestros ojos.
Hay en estos poemas, por tanto, una pregunta que atraviesa toda la obra: ¿qué quedará de nosotros si dejamos de cultivar aquello que no puede ser reducido a un algoritmo?
La respuesta no se formula mediante proclamas, sino mediante la propia existencia del poemario. Así, Julio Rodríguez nos recuerda, además, que la tecnología no debería convertirse en sustituto de la vida, sino en instrumento al servicio de ella. El problema comienza cuando dejamos de utilizar las herramientas y permitimos que sean ellas las que determinen nuestros hábitos, nuestra atención, nuestras relaciones e incluso nuestra percepción de nosotros mismos.
Quizá por eso la advertencia más inquietante del poemario no sea la llegada de un futuro dominado por inteligencias artificiales, sino algo mucho más próximo: la posibilidad de que nosotros mismos vayamos renunciando poco a poco a nuestra sensibilidad. Como dice el primer poema:
<<Conéctate, no pienses, sigue en línea / y déjate guiar por mi algoritmo. / No sigas los latidos de tu pecho: / estás a solo un clic del paraíso. / Medícate, consume, no te muevas / ni trates de escapar lejos del ruido. / Demuéstrame que crees en el sistema / y haré de ti un esclavo agradecido.>>
("Humanidad Vol. XXI")
Como vemos deshumanizarse no significa necesariamente convertirse en una máquina. Puede significar algo mucho más sencillo y terrible: dejar de mirar al otro, perder la capacidad de escuchar, olvidar el valor del silencio, sustituir una conversación por un mensaje, una experiencia por una fotografía, un sentimiento por un icono.
Frente a esa posibilidad, estos poemas levantan la palabra como último refugio.
La poesía no salvará al mundo de la tecnología, ni pretende hacerlo. Pero puede recordarnos para qué queremos la tecnología y, sobre todo, para qué queremos seguir siendo humanos. Puede devolvernos al cuerpo, a la naturaleza, a la memoria, al amor, a la fragilidad, al misterio de estar vivos.
Fernando Mañogil Martínez.
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