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jueves, 1 de octubre de 2026

"Las ganas de comer Oreo", de David Refoyo

Las ganas de comer Oreo (La Bella Varsovia, 2026) es el último poemario de David Refoyo (Zamora, 1983) cuyo punto de partida es aparentemente sencillo: la relación cotidiana de un padre con su hija pequeña. Sin embargo, a medida que avanzan los poemas, esa relación deja de ser únicamente un territorio de afectos para convertirse en un lugar desde el que mirar hacia atrás, interrogar el presente y preguntarse qué significa sobrevivir, recordar, amar y transmitir: 

<<Había llovido / y aunque la feria presumía / de algodón de azúcar / y neones prodigiosos / el espectáculo, el descampado / donde atracaban los feriantes, / era de barro y merma. / Algo así debe ser la crianza, / pensé.>>

La presencia de la hija funciona como una revelación. En su manera de mirar, de preguntar, de nombrar las cosas, el poeta vuelve inevitablemente sobre su propia infancia. La niña no solo recibe una herencia sentimental: también la devuelve transformada. Cada gesto infantil despierta en el padre una memoria, un paisaje perdido, una sensación que permanecía enterrada bajo las capas de la vida adulta. De este modo, el poemario establece un diálogo entre dos tiempos: el de quien recuerda haber sido niño y el de quien contempla ahora la infancia de su hija. El pasado, el presente y el futuro terminan encontrándose en un mismo territorio emocional:

<<El beso no se cambia por chuches / un chantaje normativo, una simple transacción / que devalúa tu manera, tu ternura. / No puedes darte cuenta ahora. / Te digo que no, que el beso se regala. / Que el amor no funciona así, / como moneda de cambio. / Que a veces no es correspondido / lo aprenderás más tarde. / Todavía tenemos dinero para el quiosco. / Todavía podemos conservar la dignidad. / Unos labios luminosos como llaves.>>

La infancia aparece así no como una edad clausurada, sino como una dimensión que puede regresar a través de los ojos de otro. Refoyo descubre que contemplar, que ver crecer a su hija, supone, en cierto modo, asistir de nuevo a su propio nacimiento. Lo que ella aprende le obliga a recordar lo que él aprendió; lo que ella descubre del mundo reactiva en él aquello que el tiempo había oscurecido. La paternidad se convierte entonces en una experiencia de doble aprendizaje: el adulto enseña, pero también aprende; transmite, pero recibe.

Y en el centro de esa transmisión se encuentra la palabra.

El lenguaje adquiere en estos poemas una importancia esencial porque las palabras son presentadas como una de las formas fundamentales de supervivencia. Nombrar es conservar. Decir una cosa equivale, de algún modo, a impedir que desaparezca completamente. El padre quiere ofrecer a su hija palabras con las que pueda orientarse en el mundo, distinguir la belleza del dolor, reconocer el amor, enfrentarse a la pérdida y construir su propia mirada. Pero pronto descubre que las palabras que pretende entregarle no son tan valiosas como el tránsito vital a su lado:

<<Trato de cazar este poema / pero revoloteas alrededor. / Dónde está el babero, dónde qué. / Un oso de peluche a mi lado. / Le das de comer maíz / que robamos de una finca. / [...] Trato de cazar este poema. / Cierro el cuaderno con el portazo / que necesitan las cosas importantes. / Olvidaré la idea y bajaré a la alfombra, / como el jabalí a la viña, / en busca del placer sencillo. / Jugaré contigo, quizá la única poesía / que en esta vida nueva de poeta / me interese.>>

La hija modifica el lenguaje del padre. Aquello que parecía cotidiano adquiere una nueva intensidad cuando es contemplado desde la infancia. Una palabra aparentemente insignificante puede recuperar su capacidad de asombro; un objeto familiar puede convertirse de pronto en algo extraordinario; una pregunta infantil puede abrir una grieta en las certezas del adulto. Refoyo comprende así que quizá una de las funciones esenciales de la poesía consiste precisamente en devolver a las palabras esa capacidad de mirar por primera vez.

Por eso, el poemario puede leerse también como una reflexión sobre el lenguaje poético. El padre desea legar palabras, pero descubre que no existe una lengua definitiva que pueda proteger a nadie de la incertidumbre. Solo puede ofrecerle una forma de nombrar, una sensibilidad, una manera de mirar:

<<Si pudieran hablar las zapatillas / o las frutas de adorno del frutero / –con esa voz de pito altisonante— / falsete de colores amarillos / un insólito idioma por hacer.>>

La supervivencia aparece ligada a esa posibilidad de transmisión. Vivir no significa únicamente permanecer biológicamente, sino dejar algo de uno mismo en otro. En este sentido, la hija representa una continuidad que desborda cualquier concepción hereditaria o familiar. El poeta quiere sobrevivir en sus gestos, en sus recuerdos, en las palabras que algún día ella pueda recordar de él. Pero el libro evita convertir esa idea en una afirmación solemne: la verdadera permanencia parece encontrarse en los pequeños acontecimientos, en aquello que permanece aparentemente insignificante y que, sin embargo, termina construyendo una vida.

El amor atraviesa todas las páginas sin necesidad de convertirse en declaración sentimental. Es un amor que se manifiesta en la atención. Mirar a la hija es ya una forma de amarla; recordar sus palabras, conservar sus gestos y convertirlos en poema supone reconocer que lo cotidiano merece ser salvado.

Salvar una voz antes de que cambie. Un gesto antes de que desaparezca. Una palabra antes de que pierda su significado. Una infancia antes de que se convierta en pasado. Una relación antes de que el tiempo la transforme. David Refoyo escribe porque sabe que nada de ello puede conservarse intacto, pero también porque ha comprendido que la escritura puede crear un lugar donde lo vivido permanezca de otra manera.

Al final, la relación entre padre e hija termina configurando una metáfora más amplia: la de todo ser humano intentando transmitir a quien viene detrás aquello que ha aprendido, mientras descubre que ninguna herencia está completa si no acepta ser modificada. La hija recibirá unas palabras, unos recuerdos y una determinada forma de mirar, pero hará con ellos algo que el padre no puede prever. Y quizá esa sea la verdadera supervivencia: no permanecer idénticos en la memoria de quienes nos suceden, sino continuar transformándonos en ellos.

Las ganas de comer Oreo habla, por tanto, de una hija, pero también de la infancia, del tiempo, del lenguaje, del amor y de nuestra necesidad de dejar alguna huella cuando sabemos que todo está destinado a desaparecer. Su mayor acierto consiste en convertir una experiencia profundamente personal en una emoción compartible: cualquiera que haya amado, recordado su propia infancia o intentado explicar el mundo a alguien que empieza a descubrirlo reconocerá en estas páginas esa extraña paradoja de la vida: cuando creemos que estamos enseñando a alguien a vivir, quizá sea precisamente ese alguien quien nos está enseñando de nuevo a mirar.

Fernando Mañogil Martínez.