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domingo, 30 de agosto de 2026

"La Bandolera y la Impostora", de Isabel Alcaide Gómez

La propuesta poética que plantea La Bandolera y la Impostora (Olé libros, 2026), de Isabel Alcaide Gómez (Córdoba, 1972), parte de una premisa tan sugerente como fértil: la identidad lírica no es una confesión, sino una representación. Al reformular el célebre aforismo de Pessoa —«la poeta es una fingidora»—, el poemario se sitúa en una tradición donde la verdad no depende de la fidelidad autobiográfica, sino de la intensidad con la que la palabra logra convertir la ficción en experiencia compartida. No encontramos aquí un diario sentimental, sino una compleja arquitectura de voces que se entrecruzan para ofrecer una reflexión sobre la condición humana:

<<Me había derramado / y era incapaz de rehacer / la caja de mi cuerpo. / De pie en la gasolinera / volví a la noche / y a tu ausencia. / ¿Sabéis cuando todo es / vacío y gris? ¿Cuando / todo sigue salvo lo que / se ha petrificado en ti? / ¿Cuando se apresura / la desgana con la destrucción? / De pie en la gasolinera / había algo derramado en el suelo: / un arcoíris pegado / en mis zapatos.>>
("Gasolina")

La historia de las dos mujeres (Bandolera e Impostora) que articula el conjunto funciona como un hilo narrativo que nunca limita la autonomía de los poemas. Cada composición puede leerse de manera independiente, pero adquiere una resonancia mayor al integrarse en ese entramado donde encuentros y pérdidas, deseo y frustración, amor y resentimiento van configurando una cartografía emocional de extraordinaria riqueza:

<<La sal escuece en los ojos de la Impostora / cuando dice su verdad alta por una vez, / sin lograr conmover ni al banco de piedra / ni a la Bandolera que prepara su huida. / Las riberas cantan su canción de aguas sucias / y los árboles agitan sus copas al otoño, / brindando por la próxima muerte / que nutrirá con fuerza sus raíces. / Todo cambia. / Pronto cambiará el hoy. / Mañana está a punto de cambiar. / Y sin embargo, el tiempo detiene su curso / como un limo espeso que densa el río.>>
("Mudanza")

No interesa tanto conocer los hechos como asistir a la manera en que estos transforman a quienes los viven.
Uno de los mayores aciertos del libro reside en la polifonía. Los distintos "yoes" poéticos cuestionan la idea de una identidad estable y convierten la escritura en un espacio de metamorfosis continua. Cada voz aporta un matiz distinto, una grieta nueva desde la que observar la realidad, hasta el punto de que el lector termina preguntándose dónde acaba el personaje y dónde comienza quien escribe. Esa ambigüedad constituye precisamente el motor estético de la obra: la máscara no oculta la verdad, sino que permite acceder a ella desde otros ángulos:

<<No se anda con juegos / y pisa con fuerza la intención. / Tal vez esa cólera / es una metamorfosis / del dolor. / No sorprende ese hilo / de realidad incrédulo. / Se endurece con súbita / forma mientras ataca / con lo verdadero / de cada facción. / Se cobrará una venganza / de tiempo y pasión... / La Bandolera calla.>>
("El conocimiento incompleto")

Los poemas dialogan constantemente entre sí. Algunas escenas reaparecen bajo perspectivas diferentes, como si el tiempo fuese incapaz de fijar una única versión de los acontecimientos. Esta estructura de repeticiones y variaciones recuerda el funcionamiento de un caleidoscopio: las mismas piezas generan imágenes siempre nuevas. El procedimiento evita cualquier linealidad y obliga al lector a reconstruir el relato, convirtiéndolo en un participante activo de ese laberinto simbólico donde cada espejo devuelve una imagen ligeramente distinta de la anterior.
En ese recorrido adquieren especial protagonismo emociones extremas: el deseo, la ira, la supervivencia, el miedo, la aceptación o la añoranza no aparecen como estados aislados, sino como fuerzas que se suceden, se contradicen y se alimentan mutuamente. El poemario de Isabel Alcaide Gómez comprende que toda experiencia humana posee un reverso y que el amor convive inevitablemente con la pérdida, del mismo modo que la vida mantiene un diálogo permanente con la muerte. Esta última no comparece únicamente como desenlace, sino como una presencia silenciosa que acompaña cada decisión, cada recuerdo y cada transformación:

<<Desde el cero del presente / se suman cronologías / y mundos. / El ritmo de la fábula / agita la especie. / Someterse al ritmo / del tiempo / desde la conciencia / delgada / del ser. / La pervivencia será / tu instrumento.>>
("Perspectiva")

El universo simbólico sostiene con inteligencia esta construcción. Los espacios, las imágenes y los objetos funcionan como prolongaciones del conflicto interior de las protagonistas, generando una atmósfera que oscila entre lo onírico y lo tangible. El resultado es un libro que rehúye la transparencia inmediata para invitar a una lectura pausada, donde cada regreso revela nuevas conexiones y significados ocultos.
Así pues, nos encontramos ante un poemario que convierte la ficción en una forma privilegiada de conocimiento. Alcaide Gómez apuesta por la multiplicidad de voces, la estructura especular y la dimensión simbólica de los poemas demuestra una notable ambición literaria, al tiempo que conserva una intensa capacidad de conmover. Es un libro que recuerda que toda identidad es, en cierta medida, una invención y que quizá solo a través de esas máscaras que la poesía fabrica sea posible acercarse a las verdades más profundas de la existencia.

Fernando Mañogil Martínez. 

jueves, 6 de agosto de 2026

'Vivir sin prometerme', de Héctor Anaya

 La ópera prima de Héctor Anaya (Valencia, 1994) Vivir sin prometerme (Olé libros, 2026) es un ejercicio poético en el que desde su mismo título se anuncia una renuncia significativa: la de las falsas expectativas, la de las promesas que el dolor invalida y la de cualquier consuelo prefabricado. Lo que el libro ofrece no es una salida, sino una voz. Y esa voz resulta suficiente para convertir la experiencia del sufrimiento en una intensa experiencia estética:

<<Como una jaula / a la que le nacen dientes, / o un invernadero podrido / que huele a encierro / y a moho respirando. / Una presión en el vientre, / un hilo negro en la pleura / que germina entre mis costillas. / A veces lo siento retorcerse: / un gusano ciego / que me roe / sin prisa. 

(De "Flor carnívora")

La estructura tripartita del volumen —«Raíces», «Fruto» y «Cepellón»— responde a un recorrido de notable coherencia simbólica. La imagen vegetal no remite aquí al crecimiento armónico, sino a la persistencia de aquello que permanece oculto bajo la superficie. Las raíces representan el origen de la herida; el fruto, las consecuencias visibles que alteran la identidad; y el cepellón, ese núcleo de tierra adherido a las raíces que impide desprenderse del pasado sin arrancar también una parte de uno mismo. La organización interna del libro convierte el proceso traumático en una cartografía emocional donde cada sección dialoga con las demás:

<<Algo en mí siempre huye: / una migración sin pausa. / Llevo dentro una patria sísmica, / tierra en combate. / El mundo geología de mármol, pulida calma; / yo, magma en tromba que no concluye, / fuerza y ceguera.>>

(De "Volcánico)

Uno de los mayores aciertos del poemario reside en afrontar experiencias como el acoso escolar, la experiencia LGTBIQ+, la violencia sexual, la vergüenza o la ansiedad sin convertirlas en espectáculo ni en simple confesión autobiográfica. Aunque los poemas nacen de una evidente vivencia personal, la escritura evita el sentimentalismo y transforma la experiencia individual en una reflexión de alcance universal. La intimidad se convierte así en un espacio desde el que el lector puede reconocer sus propias fracturas, incluso cuando estas no coincidan con las del sujeto poético:

<<Tengo un vencejo grapado detrás del esternón. / Nos canta; tacha. / Con su pico de hojalata me corrige la sangre, / me pliega el pulso, / me deja entre las costillas / un hollín de bombilla mordida. [...] / No hacer falta moverse, / basta pensar / para sangrar un poco. / [...] Si el nido pincha / es que sigo sintiendo el centro. / Alquilo mi sombra a los pájaros que no tienen prisa / y descanso, por fin, / dentro de mi propia tormenta.>>

(De "Simulacro de vencejo en nido de alambre")

El lenguaje se caracteriza por una desnudez expresiva que no excluye una elaborada dimensión simbólica. Cada imagen parece surgir de la necesidad antes que del artificio, y esa autenticidad dota a los poemas de una intensidad poco frecuente. No se trata de una poesía que aspire a explicar el dolor, sino a reproducir su textura, sus silencios y sus contradicciones. La palabra se convierte en el único lugar donde la memoria puede permanecer sin desaparecer ni imponerse:

<<Yo escribo desde la orilla. / La arena me corta la laringe, / me llena la boca de conchas diminutas, / me deja la lengua ardiendo con sal seca.>> 

(De "Islas")

Especialmente significativa resulta la renuncia a cualquier discurso de superación convencional. Vivir sin prometerme no propone reconciliaciones fáciles ni finales reparadores. La poesía aparece despojada de cualquier función terapéutica simplificadora: no sana las heridas, pero impide que estas queden condenadas al silencio. Nombrar equivale aquí a resistir. Cada poema demuestra que la escritura puede convertirse en un acto de permanencia frente a aquello que pretendía borrar la identidad.

En conjunto, este es un libro de una valentía poco habitual, tanto por los temas que aborda como por la honestidad con que los desarrolla. Su lectura deja una impresión duradera porque entiende que la poesía no siempre debe ofrecer respuestas; a veces basta con formular las preguntas desde una verdad radical. Vivir sin prometerme se incorpora así a esa corriente de la poesía contemporánea que convierte la vulnerabilidad en conocimiento y la palabra en un espacio de dignidad, demostrando que incluso cuando la vida no permite prometerse un futuro luminoso, todavía es posible sostenerse en el acto profundamente humano de decir.

Fernando Mañogil Martínez.