Hijas de un sol naciente (Ed. Cántico, 2026), de Joan de la Vega (Santa Coloma de Gramanet, 1975), es un poemario meditativo inspirado en la obra de Kobayashi Issa y se sitúa en un territorio donde la contemplación de la naturaleza se convierte en espejo de la experiencia humana. Siguiendo la sensibilidad del haiku japonés, estos poemas suelen construir imágenes breves pero profundamente evocadoras, en las que un detalle natural —un árbol , una brizna de hierba, un riachuelo o la maleza— abre una puerta hacia emociones universales como la tristeza, la compasión o la esperanza:
Ruedas hacia un lado,te dejas arrastrar por la pendiente
como hierba escurridiza.
Tan solo el camino auspicia
la terca brevedad de tu hendidura.
En Hijas de un sol naciente, la naturaleza no aparece únicamente como paisaje, sino como una presencia viva que comparte el mismo destino que el ser humano. El dolor del mundo se insinúa en escenas sencillas:
<<A los pies del Árbol / lloras desconsolado / el insaciable vértigo / que persigna el destierro. / Las ramas no las seca / el acoso del tiempo. / Regresan a ti / las voces que no se dan.>>
Sin embargo, ese dolor no se expresa de forma trágica o grandilocuente; más bien se manifiesta con una delicadeza que invita a la contemplación. La mirada poética, heredera del espíritu de Issa, reconoce la fragilidad de todas las cosas y, al mismo tiempo, su silenciosa belleza:
Las palabras que callamos
extrañamente reverdecen
en la sangre de los muertos.
No toméis del mármol
vuestro último aliento.
Que sea la hoja trémula
quien hable del dolor.
("El otro embargo")
El poemario adquiere un tono cada vez más meditativo. En la segunda sección: "Aquella isla flotante", vemos cómo cada poema funciona como una pausa, un instante suspendido que permite observar cómo lo humano y lo natural se entrelazan. Las pequeñas escenas cotidianas revelan que el sufrimiento forma parte de la existencia, pero también que dentro de esa imperfección habita una armonía sutil. El lector es conducido a una experiencia de atención plena, donde lo mínimo se vuelve significativo y lo efímero adquiere profundidad:
A ras del día
un batallón de casas
grises levita,
espiran la piel tórrida
de la cima animal.
Se han sonrojado
bajo soles de paja
diez vendedores.
Acarrean sus frentes
el fulgor del verano.
La tercera sección: "Cuaderno de poniente", se erige como un delicado puente entre la sensibilidad occidental y la profundidad estética japonesa, articulado a través de una voz poética que no imita, sino que dialoga con conceptos esenciales de la tradición nipona. Lejos de caer en el exotismo superficial, el poeta incorpora nociones como el wabi-sabi, la figura del samurái o la simbología de las grietas, kintsukuroi, como ejes de una reflexión íntima sobre la impermanencia, la herida y la belleza:
<<Mano a mano reúnes los pedazos de ti que ha dejado al descubierto la esquela. No hay forma de unirlos sin la luz dorada que te vio fallecer. Cada fragmento de hueso, de harapo o pulpa podrida compone un nuevo rompecabezas difícil de reparar. Todo el acertijo que fue acrecentándose con el tiempo, de uso y vida, ya ha expirado bajo tierra. Una a una vas encajando las piezas, estrechando los extremos, a la cámara críptica del poema. Un soplo de malva, un verso reluciente o la brizna de algún recuerdo veraz, acaso sirvan para ilustrar el desvanecimiento de tu geografía.>>
Uno de los mayores logros de esta sección radica en su capacidad para transformar estos conceptos en experiencia emocional. El wabi-sabi, entendido como la belleza de lo imperfecto y lo efímero, no aparece como una mera referencia cultural, sino como una atmósfera que impregna los versos: hay una constante aceptación de lo incompleto, de lo que se quiebra, de lo que envejece. Las imágenes son sobrias, contenidas, a menudo mínimas, evocando esa estética de lo esencial que rehúye el exceso:
<<Esta ira que anida en tu pecho, mirlo blanco, que labra en las palabras larvas enfermizas. Esta ira que derrama los vasos y busca refugio en los solares métricos. Esta aura de nadie que lamenta haber nacido sin su consentimiento. [...] Esta ira, esta hija, esta amiga envenenada sin piedad por amor al presagio y a la ternura de los dones.>>
La figura del samurái, por su parte, no se presenta desde la épica o la violencia, sino como símbolo de disciplina interior, de silencio y de resistencia ética. El poeta parece apropiarse de ese código para explorar la lucha cotidiana del sujeto contemporáneo: una batalla sin espadas, pero cargada de tensiones internas, donde el honor se redefine en términos de coherencia personal:
<<Nadie lee mi nombre en los caminos, ni yo mismo. Al caer la noche, mis extremidades crujen como esas maderas talladas por un creador venido a menos. Recostado en el hórreo que okupo, fumo a escondidas, me río a carcajadas del ser que me habita dentro, me corrije el desmoronamiento y aguarda con ojos ebrios ante un libro futuro por
En definitiva, Joan de la Vega nos presenta una obra que puede leerse como un ejercicio de empatía hacia el mundo. Al igual que en la poesía de Issa, el poeta observa con ternura tanto a las criaturas más pequeñas como a las emociones humanas más complejas. De esa mirada compasiva surge una poética que no niega el dolor, pero lo transforma en conciencia y serenidad. El resultado es un poemario que invita a detenerse, respirar y reconocer la belleza discreta que persiste incluso en medio de la vulnerabilidad del mundo.
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