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sábado, 10 de octubre de 2026

'Señales para futuros arqueólogos', de Julio Rodríguez

Julio Rodríguez (Oviedo, 1971) me ha deslumbrado con su último poemario hasta la fecha Señales para futuros arqueólogos (Ed. Rialp, 2025), cuya materia es, en apariencia, contemporánea: las pantallas, las redes sociales, la inmediatez, la hiperconexión, el vértigo tecnológico. Pero bajo esa superficie late una preocupación mucho más antigua: qué significa seguir siendo humanos cuando todo cuanto nos rodea parece empujarnos hacia una existencia cada vez más mediada por las máquinas.

Julio contempla nuestro tiempo con una mezcla de fascinación y alerta. No hay en estos versos una condena simplista de la tecnología ni una nostalgia ingenua por un mundo anterior a los teléfonos inteligentes. La mirada es más profunda. La cuestión no consiste en preguntarnos si la tecnología es buena o mala, sino en averiguar qué lugar ocupa dentro de nuestra vida y, sobre todo, qué espacio comienza a ocupar dentro de nosotros.

Porque quizá el verdadero peligro no sea que las máquinas lleguen a parecerse demasiado a los seres humanos, sino que los seres humanos terminemos pareciéndonos demasiado a las máquinas.

El poemario construye así una suerte de advertencia poética. Las pantallas prometen comunicación y, paradójicamente, pueden conducir al aislamiento; las redes sociales prometen compañía y pueden convertir nuestra intimidad en escaparate; la acumulación incesante de información no garantiza conocimiento, del mismo modo que estar permanentemente conectados no significa necesariamente estar cerca de los demás:

<<No seas cascarrabias, pues podría / haber sido peor, a buena parte. / Piensa que, por lo menos, / hay alguien que se acuerda / de ti todos los días.>>

("Spam")

Vivimos rodeados de mensajes y, sin embargo, cada vez resulta más difícil encontrar una palabra verdaderamente nuestra.

Esa contradicción constituye uno de los grandes núcleos de la obra. La tecnología multiplica las posibilidades de comunicación, pero el poema se pregunta qué sucede con la conversación cuando desaparecen la pausa, la escucha y el silencio. En una época en la que todo parece reclamar nuestra atención durante unos segundos, la poesía reivindica precisamente aquello que el mundo digital parece considerar improductivo: detenerse, mirar, recordar, contemplar y amar:

<<Si acaso te preguntas / qué queda de aquel árbol / que un día hace ya tiempo te dio sombra, / te daré la respuesta: estas poquitas / hojas (de calendario) que, a su antojo, / el viento mueve, esparce y desordena / y estos dos nombres propios / grabados para siempre en su corteza.>>

("Este árbol")

El futuro que plantea el libro posee algo de distopía, aunque no necesita ciudades devastadas ni máquinas dominadoras. La distopía puede ser mucho más cotidiana: un mundo en el que las personas hayan olvidado mirar el cielo porque están pendientes de una pantalla; en el que fotografiemos cada instante antes de haberlo vivido; en el que necesitemos registrar una experiencia para sentir que realmente ha sucedido. Un futuro en el que la memoria humana haya sido sustituida por dispositivos capaces de almacenarlo todo, pero incapaces de recordar por nosotros aquello que verdaderamente importa.

Ahí reside una de las paradojas más hermosas del poemario: cuanto más perfecta se vuelve nuestra capacidad para conservar imágenes, datos y conversaciones, más necesario resulta preservar la memoria como experiencia interior. Recordar no consiste únicamente en almacenar información. Recordar es también transformar lo vivido, darle sentido, convertir una ausencia en palabra, una herida en conocimiento, una experiencia en conciencia. Es precisamente en ese territorio donde la poesía adquiere su verdadero sentido:

<<No reniegues de aquello, vida mía, / que te hizo, pese a todo, ser quien eres. / Vuelve sobre tus pasos al lugar / donde te equivocaste y podrás ver / que el error forma parte del camino.>>

("Rew")

Frente al lenguaje automático, rápido y funcional, el poema recupera la palabra lenta. Frente a la respuesta inmediata, introduce la duda. Frente al ruido constante de las redes, reivindica el silencio. Frente a la imagen fugaz, propone la mirada. La poesía no pretende competir con la tecnología en velocidad, eficacia o cantidad de información. Su territorio es otro: la profundidad.

Por eso Señales para futuros arqueólogos acaba convirtiéndose en una defensa de la sensibilidad. Ser sensible significa todavía ser capaz de conmoverse ante una pérdida, detenerse ante un paisaje, reconocer la belleza de un gesto, escuchar una voz querida, experimentar nostalgia, sentir compasión o descubrir que una palabra puede contener una vida entera. Ninguna máquina puede sustituir la experiencia de sentir que algo nos afecta de una manera irrepetible.

La poesía aparece entonces como una forma de resistencia. No una resistencia contra las máquinas, sino contra la posibilidad de que la lógica de las máquinas termine gobernando nuestra manera de vivir. Frente a la velocidad, lentitud. Frente a la saturación, silencio. Frente a la exhibición permanente, intimidad. Frente al algoritmo que decide aquello que debemos mirar, la libertad de escoger dónde posar nuestros ojos.

Hay en estos poemas, por tanto, una pregunta que atraviesa toda la obra: ¿qué quedará de nosotros si dejamos de cultivar aquello que no puede ser reducido a un algoritmo?

La respuesta no se formula mediante proclamas, sino mediante la propia existencia del poemario. Así, Julio Rodríguez nos recuerda, además, que la tecnología no debería convertirse en sustituto de la vida, sino en instrumento al servicio de ella. El problema comienza cuando dejamos de utilizar las herramientas y permitimos que sean ellas las que determinen nuestros hábitos, nuestra atención, nuestras relaciones e incluso nuestra percepción de nosotros mismos.

Quizá por eso la advertencia más inquietante del poemario no sea la llegada de un futuro dominado por inteligencias artificiales, sino algo mucho más próximo: la posibilidad de que nosotros mismos vayamos renunciando poco a poco a nuestra sensibilidad. Como dice el primer poema:

<<Conéctate, no pienses, sigue en línea / y déjate guiar por mi algoritmo. / No sigas los latidos de tu pecho: / estás a solo un clic del paraíso. / Medícate, consume, no te muevas / ni trates de escapar lejos del ruido. / Demuéstrame que crees en el sistema / y haré de ti un esclavo agradecido.>>

("Humanidad Vol. XXI")

Como vemos deshumanizarse no significa necesariamente convertirse en una máquina. Puede significar algo mucho más sencillo y terrible: dejar de mirar al otro, perder la capacidad de escuchar, olvidar el valor del silencio, sustituir una conversación por un mensaje, una experiencia por una fotografía, un sentimiento por un icono.

Frente a esa posibilidad, estos poemas levantan la palabra como último refugio.

La poesía no salvará al mundo de la tecnología, ni pretende hacerlo. Pero puede recordarnos para qué queremos la tecnología y, sobre todo, para qué queremos seguir siendo humanos. Puede devolvernos al cuerpo, a la naturaleza, a la memoria, al amor, a la fragilidad, al misterio de estar vivos.


Fernando Mañogil Martínez. 

jueves, 1 de octubre de 2026

"Las ganas de comer Oreo", de David Refoyo

Las ganas de comer Oreo (La Bella Varsovia, 2026) es el último poemario de David Refoyo (Zamora, 1983) cuyo punto de partida es aparentemente sencillo: la relación cotidiana de un padre con su hija pequeña. Sin embargo, a medida que avanzan los poemas, esa relación deja de ser únicamente un territorio de afectos para convertirse en un lugar desde el que mirar hacia atrás, interrogar el presente y preguntarse qué significa sobrevivir, recordar, amar y transmitir: 

<<Había llovido / y aunque la feria presumía / de algodón de azúcar / y neones prodigiosos / el espectáculo, el descampado / donde atracaban los feriantes, / era de barro y merma. / Algo así debe ser la crianza, / pensé.>>

La presencia de la hija funciona como una revelación. En su manera de mirar, de preguntar, de nombrar las cosas, el poeta vuelve inevitablemente sobre su propia infancia. La niña no solo recibe una herencia sentimental: también la devuelve transformada. Cada gesto infantil despierta en el padre una memoria, un paisaje perdido, una sensación que permanecía enterrada bajo las capas de la vida adulta. De este modo, el poemario establece un diálogo entre dos tiempos: el de quien recuerda haber sido niño y el de quien contempla ahora la infancia de su hija. El pasado, el presente y el futuro terminan encontrándose en un mismo territorio emocional:

<<El beso no se cambia por chuches / un chantaje normativo, una simple transacción / que devalúa tu manera, tu ternura. / No puedes darte cuenta ahora. / Te digo que no, que el beso se regala. / Que el amor no funciona así, / como moneda de cambio. / Que a veces no es correspondido / lo aprenderás más tarde. / Todavía tenemos dinero para el quiosco. / Todavía podemos conservar la dignidad. / Unos labios luminosos como llaves.>>

La infancia aparece así no como una edad clausurada, sino como una dimensión que puede regresar a través de los ojos de otro. Refoyo descubre que contemplar, que ver crecer a su hija, supone, en cierto modo, asistir de nuevo a su propio nacimiento. Lo que ella aprende le obliga a recordar lo que él aprendió; lo que ella descubre del mundo reactiva en él aquello que el tiempo había oscurecido. La paternidad se convierte entonces en una experiencia de doble aprendizaje: el adulto enseña, pero también aprende; transmite, pero recibe.

Y en el centro de esa transmisión se encuentra la palabra.

El lenguaje adquiere en estos poemas una importancia esencial porque las palabras son presentadas como una de las formas fundamentales de supervivencia. Nombrar es conservar. Decir una cosa equivale, de algún modo, a impedir que desaparezca completamente. El padre quiere ofrecer a su hija palabras con las que pueda orientarse en el mundo, distinguir la belleza del dolor, reconocer el amor, enfrentarse a la pérdida y construir su propia mirada. Pero pronto descubre que las palabras que pretende entregarle no son tan valiosas como el tránsito vital a su lado:

<<Trato de cazar este poema / pero revoloteas alrededor. / Dónde está el babero, dónde qué. / Un oso de peluche a mi lado. / Le das de comer maíz / que robamos de una finca. / [...] Trato de cazar este poema. / Cierro el cuaderno con el portazo / que necesitan las cosas importantes. / Olvidaré la idea y bajaré a la alfombra, / como el jabalí a la viña, / en busca del placer sencillo. / Jugaré contigo, quizá la única poesía / que en esta vida nueva de poeta / me interese.>>

La hija modifica el lenguaje del padre. Aquello que parecía cotidiano adquiere una nueva intensidad cuando es contemplado desde la infancia. Una palabra aparentemente insignificante puede recuperar su capacidad de asombro; un objeto familiar puede convertirse de pronto en algo extraordinario; una pregunta infantil puede abrir una grieta en las certezas del adulto. Refoyo comprende así que quizá una de las funciones esenciales de la poesía consiste precisamente en devolver a las palabras esa capacidad de mirar por primera vez.

Por eso, el poemario puede leerse también como una reflexión sobre el lenguaje poético. El padre desea legar palabras, pero descubre que no existe una lengua definitiva que pueda proteger a nadie de la incertidumbre. Solo puede ofrecerle una forma de nombrar, una sensibilidad, una manera de mirar:

<<Si pudieran hablar las zapatillas / o las frutas de adorno del frutero / –con esa voz de pito altisonante— / falsete de colores amarillos / un insólito idioma por hacer.>>

La supervivencia aparece ligada a esa posibilidad de transmisión. Vivir no significa únicamente permanecer biológicamente, sino dejar algo de uno mismo en otro. En este sentido, la hija representa una continuidad que desborda cualquier concepción hereditaria o familiar. El poeta quiere sobrevivir en sus gestos, en sus recuerdos, en las palabras que algún día ella pueda recordar de él. Pero el libro evita convertir esa idea en una afirmación solemne: la verdadera permanencia parece encontrarse en los pequeños acontecimientos, en aquello que permanece aparentemente insignificante y que, sin embargo, termina construyendo una vida.

El amor atraviesa todas las páginas sin necesidad de convertirse en declaración sentimental. Es un amor que se manifiesta en la atención. Mirar a la hija es ya una forma de amarla; recordar sus palabras, conservar sus gestos y convertirlos en poema supone reconocer que lo cotidiano merece ser salvado.

Salvar una voz antes de que cambie. Un gesto antes de que desaparezca. Una palabra antes de que pierda su significado. Una infancia antes de que se convierta en pasado. Una relación antes de que el tiempo la transforme. David Refoyo escribe porque sabe que nada de ello puede conservarse intacto, pero también porque ha comprendido que la escritura puede crear un lugar donde lo vivido permanezca de otra manera.

Al final, la relación entre padre e hija termina configurando una metáfora más amplia: la de todo ser humano intentando transmitir a quien viene detrás aquello que ha aprendido, mientras descubre que ninguna herencia está completa si no acepta ser modificada. La hija recibirá unas palabras, unos recuerdos y una determinada forma de mirar, pero hará con ellos algo que el padre no puede prever. Y quizá esa sea la verdadera supervivencia: no permanecer idénticos en la memoria de quienes nos suceden, sino continuar transformándonos en ellos.

Las ganas de comer Oreo habla, por tanto, de una hija, pero también de la infancia, del tiempo, del lenguaje, del amor y de nuestra necesidad de dejar alguna huella cuando sabemos que todo está destinado a desaparecer. Su mayor acierto consiste en convertir una experiencia profundamente personal en una emoción compartible: cualquiera que haya amado, recordado su propia infancia o intentado explicar el mundo a alguien que empieza a descubrirlo reconocerá en estas páginas esa extraña paradoja de la vida: cuando creemos que estamos enseñando a alguien a vivir, quizá sea precisamente ese alguien quien nos está enseñando de nuevo a mirar.

Fernando Mañogil Martínez.