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viernes, 6 de febrero de 2026

"La ingravidez que somos", de Antonio Ríos

La ingravidez que somos (Ed. Vitrubio, 2024), de Antonio Ríos, galardonado con el XI Premio Internacional de Poesía Covibar-Ciudad de Rivas, es un poemario que mezcla el verso de aroma tradicional, con el versolibrismo y la vanguardia.

Se estructura en un introito y seis partes que dialogan entre sí como estaciones de un mismo viaje existencial. El poema inaugural funciona como una suerte de umbral simbólico: a través de la imagen de los juegos de azar y del destino, Antonio Ríos desmonta la idea de un porvenir predeterminado y nos recuerda que nada está escrito, que el ser humano es un ente arrojado al mundo, obligado a construirse en medio de la incertidumbre:

"Lanza el destino sus dados. / Acaso sed, / río acaso, / pudieran ser / nubes, / lodos. / La ingravidez que somos: / el peso con que cargamos."

Las cinco secciones restantes, o interacciones, profundizan en distintas dimensiones de la experiencia humana.
La primera aborda el origen del mundo y la fragilidad de la existencia, subrayando lo efímero de nuestra presencia frente a la vastedad del tiempo y del universo:

"Nuestra historia es una herida / que no sabemos cerrar. / Más allá de nuestros ojos, / bajo las prepirenaicas líneas / de nuestras manos, / tras nuestra huella, / el viento observa          paciente y mudo." (Fragmento de "Y supimos del fuego")

En la segunda interacción, la escritura y el acto poético se convierten en el eje central: la palabra aparece como refugio, como una forma de defensa personal frente al caos y el silencio, un gesto íntimo de resistencia:
"Escribe / como si nadie te leyera, / como si nadie más quisiera / saborear / tus apetencias / con la palabra que, desnuda / y sobre sábanas de Holanda, / gozosa, te abre sus piernas / tentándote a traspasar / su horizonte de sucesos." (Fragmento de "Acto poético")

La tercera interacción se adentra en la temática amorosa desde una perspectiva platónica, donde el poeta se muestra supeditado a la mirada de la amada, construyendo un amor idealizado que oscila entre la contemplación y la entrega:

"Ya solo me interesa tu sonrisa, / su esbelta precisión, / su curvatura. / No invoco más edén que la mesura / que enjoya de tus labios la cornisa." (Fragmento de "A tu (mi) ventura")

La cuarta sección reflexiona sobre el paso del tiempo con un tono marcadamente filosófico, enlazando preguntas sobre la memoria, la identidad y el sentido de la propia existencia:

"La sumatoria de todos nuestros instantes: / eso somos. / Sedimentos, / credenciales, / el reflejo en los espejos, / húmedos y titilantes, / del lago de nuestros pasos."

Finalmente, la última interacción cierra el libro con una meditación sobre el sentido de la vida y la certeza de que estamos de paso, dejando una sensación de tránsito y de aceptación serena ante lo inevitable:

"La Nada es la sombra / que proyecta tu sombra / cuando la luna / se asoma a tus pasos. / La Nada es el tiempo / que no te queda, / las bocas / no devoradas, / las huellas / que Dios borró / para que dudes con firmeza / que no existe, / un calibre 32 / apuntando a tu cabeza." ("Fragmento de "La Nada")

En conjunto, La ingravidez que somos propone una lectura introspectiva y coherente, donde cada parte amplía la anterior y construye una visión poética del ser humano como un viajero consciente de su fragilidad, pero también de su capacidad para crear significado a través de la palabra.


Fernando Mañogil Martínez.