Páginas

miércoles, 11 de febrero de 2026

"El día que dejamos de ver porno", de Carolina Otero

El día que dejamos de ver porno, XXV Premio <<València de poesía en castellano>> (Ed. Hiperión, 2025), de Carolina Otero (Valencia, 1977) se erige como un gesto de confrontación directa contra la cultura pornográfica dominante, a la que expone como un espacio profundamente retrógrado y antifeminista. A través de un verso incisivo, a veces casi cortante, la autora desmantela los imaginarios que reducen el cuerpo femenino a objeto de consumo, señalando sin rodeos las violencias simbólicas que el porno normaliza y reproduce:


"llega el tirano en nuestra cama, / llega Jesús y nos inyecta negro en vena / llegan los ultras y nos desahucian / de la casa de los ancestros, / llega el académico y nos prepara / unos duelos y quebrantos..." (Fragmento de "El día que dejamos de ver porno")

El tono del libro oscila entre la denuncia y la reivindicación. No se limita a mostrar el daño, sino que transforma la palabra poética en una herramienta de resistencia: cada poema funciona como un acto de reapropiación del cuerpo, del deseo y de la voz:

"El amo querrá que me tatúe / su inicial en el pubis; / yo habré de complacerle y me rotularé / una hache mayúscula con permanente / [...] Le gustará su letra en mi sexo / deseando amar, / pero no será suficiente; / desaparecerá el sello del ganado, / su santo crotal."

La escritura es consciente de su incomodidad y la explota; incomoda para obligar a mirar, para romper la pasividad del lector frente a una industria que se presenta como neutral o liberadora.
En ese recorrido, la lucha de la mujer por encontrar un lugar de igualdad no aparece como un destino idealizado, sino como un proceso tenso, lleno de contradicciones y fracturas:

"Nos besaremos, nos quitaremos la ropa, / nos dejaremos caer en su colchón / vestido solo con sábana bajera. / Haremos cosas, afortunadamente me mirará / de sus ojos, con su carne, / no como el exnovio. / Eso, señoría, ¿no es ganar? / Eso es ganar una limosna. / Eso es ganarse el pan."

El poemario no ofrece respuestas cerradas, sino preguntas urgentes: ¿quién mira?, ¿quién es mirada?, ¿desde dónde se construye el deseo? Así, Carolina Otero nos presenta un poemario denodado, en ocasiones mordaz, en el que se posiciona en un territorio de resistencia, sin renunciar a la ironía y al lirismo, haciendo del verso un espacio donde la crítica social y la experiencia íntima dialogan con fuerza y honestidad:

"Llega la niña que fui y se abre el vestido / para complacer a primo, monja y amo, /
—para que su propio espejito la quiera— / llega José Antonio / para decirte que no le gustas / ni cuando callas; / llega Lorena para avergonzarte / porque te amanecen los pechos: / —Tengo 12 años, por favor, que Nadie sepa / que mi cuerpo está mutando en una monstrua."

Fernando Mañogil Martínez. 

viernes, 6 de febrero de 2026

"La ingravidez que somos", de Antonio Ríos

La ingravidez que somos (Ed. Vitrubio, 2024), de Antonio Ríos, galardonado con el XI Premio Internacional de Poesía Covibar-Ciudad de Rivas, es un poemario que mezcla el verso de aroma tradicional, con el versolibrismo y la vanguardia.

Se estructura en un introito y seis partes que dialogan entre sí como estaciones de un mismo viaje existencial. El poema inaugural funciona como una suerte de umbral simbólico: a través de la imagen de los juegos de azar y del destino, Antonio Ríos desmonta la idea de un porvenir predeterminado y nos recuerda que nada está escrito, que el ser humano es un ente arrojado al mundo, obligado a construirse en medio de la incertidumbre:

"Lanza el destino sus dados. / Acaso sed, / río acaso, / pudieran ser / nubes, / lodos. / La ingravidez que somos: / el peso con que cargamos."

Las cinco secciones restantes, o interacciones, profundizan en distintas dimensiones de la experiencia humana.
La primera aborda el origen del mundo y la fragilidad de la existencia, subrayando lo efímero de nuestra presencia frente a la vastedad del tiempo y del universo:

"Nuestra historia es una herida / que no sabemos cerrar. / Más allá de nuestros ojos, / bajo las prepirenaicas líneas / de nuestras manos, / tras nuestra huella, / el viento observa          paciente y mudo." (Fragmento de "Y supimos del fuego")

En la segunda interacción, la escritura y el acto poético se convierten en el eje central: la palabra aparece como refugio, como una forma de defensa personal frente al caos y el silencio, un gesto íntimo de resistencia:
"Escribe / como si nadie te leyera, / como si nadie más quisiera / saborear / tus apetencias / con la palabra que, desnuda / y sobre sábanas de Holanda, / gozosa, te abre sus piernas / tentándote a traspasar / su horizonte de sucesos." (Fragmento de "Acto poético")

La tercera interacción se adentra en la temática amorosa desde una perspectiva platónica, donde el poeta se muestra supeditado a la mirada de la amada, construyendo un amor idealizado que oscila entre la contemplación y la entrega:

"Ya solo me interesa tu sonrisa, / su esbelta precisión, / su curvatura. / No invoco más edén que la mesura / que enjoya de tus labios la cornisa." (Fragmento de "A tu (mi) ventura")

La cuarta sección reflexiona sobre el paso del tiempo con un tono marcadamente filosófico, enlazando preguntas sobre la memoria, la identidad y el sentido de la propia existencia:

"La sumatoria de todos nuestros instantes: / eso somos. / Sedimentos, / credenciales, / el reflejo en los espejos, / húmedos y titilantes, / del lago de nuestros pasos."

Finalmente, la última interacción cierra el libro con una meditación sobre el sentido de la vida y la certeza de que estamos de paso, dejando una sensación de tránsito y de aceptación serena ante lo inevitable:

"La Nada es la sombra / que proyecta tu sombra / cuando la luna / se asoma a tus pasos. / La Nada es el tiempo / que no te queda, / las bocas / no devoradas, / las huellas / que Dios borró / para que dudes con firmeza / que no existe, / un calibre 32 / apuntando a tu cabeza." ("Fragmento de "La Nada")

En conjunto, La ingravidez que somos propone una lectura introspectiva y coherente, donde cada parte amplía la anterior y construye una visión poética del ser humano como un viajero consciente de su fragilidad, pero también de su capacidad para crear significado a través de la palabra.


Fernando Mañogil Martínez.